La asistente de Johnson fue quien respondió.
—César tenía una cardiopatía congénita hereditaria. Revisaron la última llamada en su celular y fue de su novia. La policía ya habló con ella y confirmaron que discutieron ese mismo día. A César le dio un ataque cardíaco y cayó desde la azotea. El forense confirmó que el infarto fue la causa directa de su muerte.
Al llegar al hotel, Magdalena revolvió su bolso buscando la tarjeta de su habitación. De pronto, sintió una sombra cubriéndola por detrás. Al darse la vuelta, vio a Renato parado ahí mismo, y se quedó perpleja.
¿Por qué no se iba a su cuarto y se quedaba parado detrás de ella?
La voz de Renato sonó profunda.
—Abre la puerta.
Ella sacó la tarjeta, sonó un bip, la cerradura se desbloqueó, giró la manija y entró.
Renato entró tras ella, aflojándose la corbata y quitándose el saco.
Ella se acercó para recibir sus prendas y las colgó en el armario.
—¿Qué va a pasar con la familia de César?
Renato se dejó caer en el sofá, frunciendo el ceño de forma atractiva.
—Es algo que se soluciona con dinero. No hay por qué angustiarse.
Tenía toda la razón. Al fin y al cabo, la muerte de César había sido un accidente que no involucraba a nadie más.
Con entregarle a la familia una indemnización generosa, la empresa ya estaba cumpliendo con creces.
Al voltear y verlo recostado en el sofá, con evidentes signos de agotamiento en el rostro, ella preguntó suavemente.
—¿Te vas a bañar? Voy a prepararte el agua caliente.
Renato abrió los ojos, esbozando una sonrisa cargada de malicia.
—Si tienes necesidades, resuélvelas tú misma. No tengo energía estos días.
Magdalena sintió que la cara le ardía de la vergüenza.
Solo lo veía tan cansado que pensó que un baño caliente lo ayudaría a descansar mejor, ¡nunca imaginó que él malinterpretaría sus intenciones!
Prefirió no explicar nada. Entró al baño y comenzó a preparar la bañera. Cuando salió, el hombre del sofá ya estaba profundamente dormido.
Había tenido unos días pesadísimos. Aunque estaban en el extranjero, su teléfono no había dejado de sonar. Tan solo la tarde anterior, había tenido dos videoconferencias seguidas y se pasaba las noches respondiendo correos.
Caminó de puntillas hacia él, se agachó y le quitó los zapatos. Con cuidado, acomodó sus piernas sobre el sofá y lo cubrió con una manta ligera. Para no despertarlo, salió sigilosamente de la habitación.
En el pasillo, Camilo acababa de salir de la habitación de al lado.
—¿Y el Presidente Jiménez? —preguntó.
Ella señaló la puerta.
—Se quedó dormido.
—¿Tuvo que ver con su familia?
Camilo negó con la cabeza.
—Si de verdad quieres saber, tendrías que preguntárselo directamente a él.
Su interés desapareció de un plumazo y le dedicó una mirada de exasperación. Ni aunque le dieran diez dosis de valentía se atrevería a preguntárselo en la cara.
—Tuvo que ver con una mujer. Era de la universidad del Presidente...
—¡Camilo! —Una voz gélida interrumpió la frase en seco.
Ambos dieron un respingo y voltearon al mismo tiempo.
Sin que se dieran cuenta, Renato había salido de la habitación. Los observaba con un rostro terrorífico.
Los dos sintieron un escalofrío que les recorrió la espina dorsal. Su mirada era tan oscura y amenazante que sentían que los iba a despedazar ahí mismo.
Magdalena, con voz temblorosa, intentó explicarse.
—Presidente Jiménez, solo estábamos...
El *solo estábamos charlando* se quedó ahogado tras el estruendoso portazo que les cerró la puerta en la cara.
El ruido fue tan fuerte que los dos dieron un brinco, mirándose el uno al otro con el corazón a mil por hora.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza