Úrsula lo desmintió sin rodeos:
—Te tomó el pelo. Esta es la segunda vez que vengo.
Ella no mentía con esas cosas, temía que él empezara a armarse películas en la cabeza sin sentido.
Lucio sonrió, débil y sin fuerzas.
—¿No podías mentirme un poquito? Se llama mentira piadosa.
Úrsula negó con la cabeza.
—No.
Lucio siguió sonriendo.
Levantó la mano lentamente y le acarició la barbilla.
—Tanto tiempo sin verte... ¿no te parece que estás un poco más llenita?
Recordaba que antes la línea de su mandíbula era muy afilada. Ahora estaba ligeramente suavizada, pero la hacía lucir aún más hermosa.
Era viernes y Úrsula llevaba un traje sastre de falda bastante holgado.
Había estado cuidando su alimentación, sin excesos, y gracias a la ropa, su vientre ligeramente abultado pasaba completamente desapercibido.
Al despertar, Lucio solo tuvo ojos para su rostro.
Úrsula le respondió con total seriedad:
—Sí, subí de peso por el estrés de la oficina.
Lucio no sospechó nada.
—¿Has estado muy ocupada?
—Sí, estoy haciendo mis prácticas en la filial —explicó ella.
A Lucio no le sorprendió en lo absoluto. Úrsula era de esas personas que, cuando tenían una meta, aprovechaban cada segundo para alcanzarla.
—Conmigo fuera de casa... ¿se te ha hecho raro? —preguntó él a propósito.
—Para nada —respondió Úrsula—. Es súper tranquilo, no hay nada de ruido.
A Lucio no le hizo gracia escuchar eso.
Murmuró algo por lo bajo que Úrsula no alcanzó a entender.
Ella miró la hora.
—Bueno, descansa. Ya me voy a casa.
Al escucharla, Lucio se movió a un lado, dejando libre la mitad de la cama.
Palmeó el colchón.
—Sube y acuéstate un rato conmigo.
Úrsula se quedó sentada en la silla, sin moverse, como si no comprendiera la petición. Lo miró a los ojos.
—No tengo sueño.
Listo, ni siquiera tendría que rogarle para que se quedara.
Retrocedió rápidamente y frenó en seco a Lola y al resto que venían detrás de él.
—¿Qué pasa? —preguntó Lola—. Dicen que Lucho despertó, todos venimos a verlo.
Tomás los empujó hacia atrás, luciendo como alguien que entendía perfectamente la situación.
—Háganme caso, pueden venir a verlo cuando quieran, pero ahora mismo ni se asomen.
El grupo que había llegado a toda prisa tuvo que dar media vuelta.
Dentro de la habitación, Lucio contempló a Úrsula durante un largo rato, como si quisiera recuperar todo el tiempo perdido.
Después de un buen rato, levantó la mano y la apoyó en la cintura de Úrsula, dispuesto a abrazarla y dormir plácidamente.
Pero justo cuando estaba a punto de quedarse dormido, sintió que algo no cuadraba.
Lucio apartó las sábanas y deslizó la mano desde la curva de su cintura hacia el frente.
Un instante después, palpó una pequeña y firme redondez.
Su mano se detuvo de golpe.
Sus oscuras pupilas se congelaron.
La mente de Lucio se quedó completamente en blanco.
¿Qué diablos estaba pasando?

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