El peso del hombre sobre el cuerpo de Úrsula era enorme.
Nunca había sentido algo tan pesado.
Significaba que realmente ya no le quedaban fuerzas, dejándole caer a ella todo el peso de su cuerpo sobre sus hombros.
Y después de decir aquel «lo siento», el hombre apoyado en su hombro cerró los ojos lentamente.
La sangre caliente empapó la tela, traspasando desde su ropa hacia la de ella.
Él solía vestirse de negro por costumbre, así que sus heridas apenas se notaban, pero cuando la sangre manchó las ropas claras de Úrsula, todo quedó a la vista.
Los dedos de Úrsula se quedaron congelados en el aire.
Allí estaba, de rodillas, medio recargado sobre ella, como si estuviera ofreciendo su propia vida en señal de arrepentimiento, pegado a ella para que no pudiera sacárselo de encima.
Lucio era demasiado calculador.
Incluso al borde de la muerte, acribillado a tiros, todavía tenía energía para jugar con la mente de Úrsula.
Por lo general, él era un hombre que jamás sabía cómo agachar la cabeza ni pedir perdón, siempre paseándose con esa actitud de ser intocable.
Esas disculpas podrían haberse dicho en cualquier momento y Úrsula igual habría tenido el derecho de no perdonarlo.
Pero él eligió soltarlas justo en ese preciso instante, con un hilo de voz, cuando existía una alta probabilidad de que fuera a morir.
Si él pedía perdón, ¿estaba ella obligada a perdonarlo?
Úrsula recuperó el aliento, agarró los brazos de Lucio que colgaban de sus hombros e intentó apartarlo.
Pero al tocarlo, se llenó las manos de sangre.
El calor la aterrorizó.
Después de la agotadora noche, su visión se volvió borrosa y su conciencia empezó a nublarse.
La vista mareada dio paso a un paisaje en blanco puro.
Se desmayó.
Dos figuras inconscientes, de rodillas en el suelo, apoyadas en el hombro del otro, se sostenían mutuamente evitando así desplomarse, pareciendo, desde lejos, una escultura en perfecto equilibrio.
Lola estaba recostada contra la pared con los brazos cruzados; tampoco hablaba con su novio. Después de mantener la vista baja un largo rato, le preguntó a Tomás:
—¿Cómo está Úrsula?
Tomás se limpió la cara, su barba de varios días lo hacía ver desaliñado:
—Está bien. Lucio recibió ese último disparo, por lo que ella salió ilesa. Solo se desmayó por el agotamiento. Todavía no ha despertado, pedí que alguien la vigile.
Lola asintió.
—Menos mal que está bien.
Tomás, sin apartar la mirada de las puertas del quirófano, recordó los eventos ocurridos de madrugada desde que el hombre que había sometido a Mauricio entró a la finca, y seguía sintiendo cómo se le aceleraba el pulso.
Antes, solo había creído que Lucio simplemente se había encaprichado temporalmente con Úrsula. Jamás imaginó que llegaría al extremo de entregar su propia vida por ella.
En realidad no lo entendía.
A fin de cuentas, eran hermanos de toda la vida y Lucio se pasaba diciendo todo el tiempo que no sentía ni una gota de afecto por Úrsula, que no le gustaba para nada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro