En la madrugada.
Las puertas principales de la finca se abrieron.
El sonido de unos neumáticos aplastando la grava se acercó, seguido por el destello de unos faros.
La luz deslumbrante barrió el rostro de Úrsula, obligándola a cerrar los ojos.
Mauricio, sentado frente a ella, se levantó y se acercó.
—Ya descansaste suficiente, levántate.
Llevaba un arma en la mano y presionó el cañón contra la nuca de Úrsula.
Un peligro helado.
Con cualquier resistencia por parte de Úrsula, esa cosa haría estallar su sangre sin dudarlo.
Contuvo la respiración y se levantó lentamente.
Mauricio la empujó hasta situarla debajo de aquel cuadro al óleo, justo frente a la puerta abierta del gran salón.
Cuando la figura alta y familiar emergió de la espesa noche, Úrsula no pudo evitar maldecir a Lucio en su mente.
Un hombre tan inteligente, que nunca se dejaba manipular, no tenía problemas cuando rescataba a otros, pero justo cuando se trataba de ella, las cosas salían mal.
Especialmente cuando vio una mancha oscura y húmeda en el hombro de su camisa negra a medida que se acercaba.
Acompañada de un fuerte olor a sangre.
Apretó ligeramente las manos a los costados, pero antes de cerrarlas por completo, le pusieron un objeto de golpe en la palma.
Úrsula se quedó paralizada.
Mientras le apuntaba a la nuca, Mauricio le había entregado un arma a ella.
Le susurró con una voz que solo ellos dos podían escuchar:
—Úrsula, esta vez te dejaré tomar la decisión a ti. Elige: o tu marido o tu hijo. Tú decides.
Dicho esto, Mauricio le levantó las manos y la ayudó a apuntar hacia el hombre que acababa de entrar al salón.
Úrsula sintió un nudo en la garganta al instante.
Su vista siguió la trayectoria del cañón del arma que sostenía con ambas manos.
Cuando su mirada se estabilizó, se encontró con los ojos del hombre parado a poca distancia de ella.
Se miraron desde lejos.
El rostro de Lucio estaba gélido y carente de emociones. Sus oscuros ojos fulminaron a Mauricio por detrás de Úrsula.
—Suéltala, de lo contrario, no tienes derecho a negociar conmigo, sin importar lo que busques.
Mauricio escupió con desprecio.
Toda esa calma y serenidad que había mostrado hasta el momento desapareció por completo al escuchar la voz de Lucio.
Escupió tres veces al suelo.
Incluso Úrsula, en medio de su miedo, se distrajo un segundo al ver el cambio radical de Mauricio.
Probablemente porque Lucio era experto en enfurecer a la gente.
Mauricio espetó:
—Hablas con demasiada arrogancia, sobrino. Estando en esta situación, ¿crees que todavía estás en posición de negociar conmigo? A decir verdad, ni siquiera sabía si tu aparición sería algo inesperado o predecible.
Pero era evidente que su plan de usar a alguien con una complexión similar a la de Úrsula como señuelo había funcionado.
Que un truco tan estúpido surtiera efecto fue una sorpresa agradable.
La mirada de Mauricio se posó en Lucio por un momento, luego volvió a Úrsula; sus ojos brillaban con interés, como si hubiera descubierto algo extraordinario.
Para Mauricio, eso era una excelente noticia.
Levantó la cabeza y le dijo a Lucio:
—¿Ya lo pensaste? Te dije que estaba muy lejos para que acertaras. Esta arma tiene una cantidad limitada de balas. Si la vacías y no le atinas, no me culpes por ser despiadado.
Presionó el cañón contra la piel de Úrsula con aún más fuerza.
Ante ese simple pero amenazante movimiento, Mauricio observó al hombre frente a él.
Al segundo siguiente, Lucio dio un paso hacia adelante.
Con las manos aún en los bolsillos, mantenía esa actitud de quien mira a todos por encima del hombro, la barbilla ligeramente levantada y los labios apretados en una línea fría y recta.
Úrsula veía cómo Lucio se acercaba cada vez más.
Hasta que Mauricio habló:
—Detente ahí.
Acercarse más le quitaría la diversión.
Lucio se detuvo.
En ese momento, una sensación de satisfacción sin precedentes invadió a Mauricio: hacer que alguien tan arrogante y altanero como Lucio obedeciera sus órdenes como un perro.
Él conocía bien a su sobrino; si Lucio no quería, ignoraría por completo hasta la más cortés de las peticiones.
Pero si decidía ceder, Mauricio estaba completamente seguro de que, incluso si le ordenaba dispararse a sí mismo, Lucio lo haría.
Solo que así perdería la gracia.
Mauricio prefería ver a la gente retorcerse de agonía.
Con una sonrisa, dijo:
—Así está mejor. Es tarde en la madrugada, si terminamos rápido podremos descansar. Úrsula no está en condiciones de desvelarse.
Con una mirada cargada de insinuaciones, se dirigió a ella:
—El resto depende de ti.

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