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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 304

Siempre creyendo tener la razón.

Úrsula levantó una mano, se la puso en la cara para apartarlo y, reuniendo toda su paciencia, le advirtió:

—Si vas a hablar, habla desde ahí. No te me pegues tanto.

Por supuesto, Lucio fingió sordera.

Sin otra opción, Úrsula se vio obligada a girar dentro del cerco de sus brazos hasta quedar de frente.

En cualquier circunstancia normal, esa posición era la invitación perfecta para que ella rodeara su cuello con los brazos y lo besara apasionadamente. Lucio enarcó una ceja y, guiado por puro instinto, bajó la cabeza buscando sus labios.

En lugar de un beso, se encontró de cara con una enorme barrera.

Como una señal de alto.

¿Qué demonios?

Lucio alzó la vista y entornó sus ojos rasgados.

Frente a él, Úrsula tenía el cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás, la expresión de su hermoso rostro completamente seria y las manos alzadas frente a su pecho formando una estricta "X" con los dedos.

Lucio la miró de arriba a abajo. Su voz tenía un tono indescifrable.

—¿De nuevo no me vas a dejar besarte?

Úrsula sopesó sus palabras con cuidado antes de soltar la bomba.

—¿No crees que... estás siendo un poco demasiado empalagoso?

Al escucharlo, Lucio estalló en una carcajada corta. Con una superioridad arrogante y un bufido desdeñoso, replicó:

—Por favor. Jamás en la vida. Estás imaginando cosas.

El concepto de ser "empalagoso" o pegajoso era algo que jamás cruzaría por la mente de Lucio. Era un insulto a su reputación.

Úrsula soltó un suspiro de alivio y aprovechó la oportunidad.

—Siendo así, creo que lo más sensato es que ambos mantengamos una distancia prudente.

Esa manía suya de seguirla a todas partes como una sombra resultaba bastante difícil de asimilar.

Además, en un matrimonio por conveniencia y alianzas estratégicas, ese nivel de persecución constante estaba totalmente fuera de lugar.

Úrsula creía genuinamente que su lógica era irrefutable.

Lucio bajó la mirada para observarla, mientras una risa sombría y fría resonaba en su interior.

Se lo imaginaba. Ya no podía seguir ocultando su verdadero rechazo hacia él.

Cuando Úrsula bajó al comedor, Lucio estaba hablando por teléfono con su asistente.

Se sentó a la mesa, del lado opuesto, y escuchó a su esposo darle instrucciones precisas a su empleado para que contratara de inmediato a un psicólogo.

Mientras masticaba su desayuno con parsimonia, Úrsula llegó a la conclusión de que esa era la primera decisión sensata que Lucio había tomado en días.

Él, en definitiva, necesitaba asistencia psiquiátrica urgente.

—Sabes... mucha gente atraviesa por ese tipo de inestabilidades. No deberías agobiarte tanto por buscar ayuda —comentó ella casualmente.

Lucio asintió, dándole la razón.

—Me alegra mucho que lo veas desde esa perspectiva.

Úrsula, que tenía un trozo de comida atrapado entre los palillos, se detuvo en seco. Temiendo que estuvieran hablando de cosas distintas, preguntó sin rodeos:

—¿Yo? ¿Acaso no estabas pidiendo un psicólogo para ti?

Lucio volvió a asentir, mirándola con la mayor seriedad del mundo.

—Creo que los dos necesitamos terapia.

Estaba decidido. Haría que un profesional de la salud mental ayudara a Úrsula a sacar toda esa angustia reprimida. Y ya de paso, él aprovecharía la consulta para descubrir cómo diablos curarse esa inexplicable necesidad y euforia mental que sufría cada vez que veía a su esposa.

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