—¿Cuándo te reclamé a ti? —replicó Lucio—. Ni siquiera rompí tu florero, y cuando me pediste que dejara de golpearlo, lo solté. Pero a ese tipo no le importaron tus palabras, ¡aprovechó para darme un golpe a traición! ¿No deberías saber de qué lado estar?
Señaló la herida en la comisura de sus labios y soltó un resoplido irritado.
Úrsula no se puso de parte de ninguno de los dos.
—Entonces, ¿perdiste la pelea?
—¿Cómo voy a perder? —Lucio rió con burla, despreciándolo por completo—. A ese infeliz le rompí un par de costillas, ahora mismo está en el hospital.
Si Tomás y Lola no hubieran intervenido para detenerlo, y de no ser por el poco respeto que aún inspiraba la familia Arriaga en Nueva Alborada, Lucio lo habría matado a golpes ahí mismo.
Hacía mucho tiempo que no se ensuciaba las manos peleando en persona con alguien.
Al ver que Úrsula no respondía, Lucio añadió:
—No me digas que te da pena. Deberías sentir lástima por otra persona.
Mientras hablaba, el moretón en su labio parecía notarse más.
Lucio estaba bastante de mal humor.
No había salido en toda la tarde; se quedó supervisando a los empleados mientras arreglaban la casa y luego se sentó en el sofá a esperar a que Úrsula regresara.
Y ella no volvió en toda la tarde.
Eso podía perdonarlo.
Pero, después de esperar hasta que la comida se enfrió, ella entra tan tranquila diciendo que ya comió afuera, y ni siquiera se digna a preguntarle por sus heridas, como si no las viera.
No es que Lucio tuviera una necesidad desesperada de que Úrsula le curara las heridas; eso no le importaba en lo absoluto. Pero creía que, siguiendo la lógica normal, si Úrsula de verdad lo amaba tanto, debería haber mostrado al menos un poco de angustia por sus golpes.
En lugar de quedarse ahí, fría y distante, haciéndole malas caras por cualquier cosa que dijera.
Úrsula, por su parte, lo observaba desde donde estaba. Al ver cómo la expresión de Lucio cambiaba sin motivo aparente, supuso que otra vez estaba divagando con sus pensamientos retorcidos.
La mayor parte del tiempo le era imposible seguirle el ritmo a su cabeza.
Tampoco lograba entender a Dante.
Para ella, Dante tenía bien merecido haber terminado en el hospital, pero el hecho de que Lucio estuviera ahí entero haciendo berrinches y no en una camilla junto a él, solo demostraba que Dante no sabía pelear.
Úrsula podía entender la situación, en cierto modo.
Al fin y al cabo, nadie en su sano juicio podría ganarle a un perro rabioso y volátil como Lucio.
En ese momento, dejó escapar un largo suspiro.
De verdad, lidiar con Lucio era demasiado agotador.

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