Dante dio un paso al frente.
—Pero Lucio Silva no te trata bien.
—Eso es algo entre él y yo —respondió Úrsula—. ¿A qué vienes ahora, aprovechando que no está?
—A cocinar.
—...
—Tenemos a una empleada que se encarga de la cocina, no te necesitamos para nada —replicó Úrsula.
—Ya lo he decidido —dijo Dante.
—¿Y qué decidiste exactamente? ¿Acaso vas a quedarte a trabajar como cocinero aquí?
Ella solo pretendía ser sarcástica, pero para su sorpresa, Dante respondió:
—No sería una mala idea.
Úrsula creyó haber escuchado mal y lo miró fijamente.
—¿Te sientes bien?
Hacía nada que por fin Lucio, que estaba loco de remate, se había ido de viaje, ¿y ahora llegaba otro perdiendo la razón?
¿Qué estaba pasando?
¿Acaso la Mansión Poniente tenía una energía pesada o algo por el estilo?
Sin embargo, las siguientes palabras de Dante la dejaron aún más boquiabierta.
—Pensé que podría desearte lo mejor, que te casabas con Lucio Silva por conveniencia, y lo acepté. Me autoconvencí de que ceder era lo mejor y que no pasaba nada.
Úrsula tenía la cabeza llena de preguntas; no lograba sintonizar con lo que él estaba diciendo.
—¿Adónde quieres llegar?
Dante la miró con absoluta seriedad.
—Úrsula, no me importa no tener un título oficial, pero por favor, dame la oportunidad de quedarme a tu lado.
Úrsula intentó buscar algún rastro de burla en su rostro, pero no encontró ninguno. Lo miró con profunda preocupación.
—Dante, ¿acaso estás poseído?
La urgencia de traer a alguien a hacerle una limpia a la Mansión Poniente se había vuelto impostergable.
De lo contrario, ¿por qué todos empezaban a decir incoherencias apenas ponían un pie en ese lugar? Las malas vibras de esa casa debían estar descontroladas.
Sin inmutarse, Dante continuó:
—Sé perfectamente lo que estoy diciendo.
—¿Y sabes lo que significa tu actitud? ¡Estoy casada! —intentó despertarlo con la dura realidad.
—Por eso mismo te digo que no busco ocupar ese lugar —murmuró Dante en voz baja—. Te lo suplico, déjame un espacio a tu lado.
Úrsula estaba atónita.
—¡Eso no significa que puedas hacer esto! —exclamó Úrsula, ya desesperada.
Dante tampoco quería llegar a esto.
Pero en Nueva Alborada, estas situaciones eran el pan de cada día. Muchos matrimonios por conveniencia hacían su vida por separado a escondidas.
Dante no pretendía forzar las cosas para tener un lugar de suma importancia en la vida de Úrsula, pero sí anhelaba al menos un pequeño rincón.
Aún más después de enterarse de que Lucio la había utilizado en el pasado. Ya no podía soportarlo. Aunque no lograra desplazar a Lucio, Dante deseaba estar más cerca de Úrsula, para protegerla a tiempo la próxima vez que corriera peligro.
Si Lucio fuera un hombre bueno que la atesorara, Dante jamás habría cruzado la línea.
Lamentablemente, no lo era.
—Puedo prepararte las tres comidas del día, encargarme de tu rutina, llevarte y traerte del trabajo. Lo que necesites, ya sea laboral o personal, solo tienes que pedírmelo. Te ayudaré en todo —dijo Dante.
Hablaba sin parar, enumerando sus virtudes como un joven entusiasta en una entrevista de trabajo.
Úrsula sentía unas ganas inmensas de taparse los oídos.
Dante siguió hablando y, finalmente, volvió a ofrecerse de manera inquebrantable:
—Nos conocimos primero. Te ruego que lo consideres; estoy dispuesto a ser solo tu amante clandestino, sin ningún derecho.
Justo cuando terminó de hablar.
Una voz helada resonó desde la entrada del salón:
—Quieres ser su amante, ¿y no se te ocurrió preguntarme primero?

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