Úrsula tardó un momento en procesar lo que él estaba pensando.
—No te entiendo.
—Si estás resentida, puedes desahogarte conmigo —respondió Lucio.
Al escuchar una frase que no sonaba para nada a broma, Úrsula lo miró y luego bajó la vista hacia el arma en su mano.
En ese momento, estuvo cien por ciento segura de que, o había escuchado mal, o Lucio se había vuelto loco.
El objeto en su mano, de repente, se sintió mucho más frío y pesado.
Se apresuró a devolverle el arma, con el corazón latiéndole a mil por hora del susto.
—¡¿Estás borracho?! Hay pastillas para la resaca en el cajón.
Úrsula señaló el cajón de la pequeña sala de estar y, al segundo siguiente, hizo el ademán de meterse a la cama para dormir.
Era evidente que no era una buena noche para hablar de cosas serias.
Extendió la mano para jalar las cobijas.
Sin embargo, antes de que pudiera moverlas, se dio cuenta de que estaba inmovilizada.
Úrsula volteó.
Lucio le había agarrado el tobillo.
Su rostro no mostraba ni una pizca de emoción; mantenía esa misma expresión inquebrantable desde el principio.
No parecía alguien borracho, sino alguien poseído.
Úrsula intentó retraer la pierna, pero el agarre era demasiado firme para zafarse. Apoyó ambas manos detrás de ella y, sin poder evitarlo, le dio un par de patadas en el hombro.
El hombro de Lucio se balanceó un poco por el impacto de la patada, pero de inmediato recuperó su postura.
Sujetó el tobillo de Úrsula, acomodando su pierna al borde de la cama, impidiéndole meterse a dormir.
Esa escena estaba totalmente fuera de los cálculos de Úrsula. Lo miró con los ojos muy abiertos.
Sentía un poco de miedo, un poco de asombro y, sobre todo, una total incomprensión.
Después de dudar un segundo, se armó de valor, levantó la mano con cautela y se la puso en la frente.
No tenía fiebre.
Entonces, Úrsula, una persona que siempre había priorizado la ciencia, empezó a dudar por primera vez si no se habrían colado malas vibras en la Mansión Poniente.
La razón ganó la partida.
En ese preciso instante, Úrsula estuvo totalmente segura de que ese hombre la estaba poniendo a prueba.
No usó su típico tono autoritario para cuestionarla. Primero adoptó una postura sumisa, creando la ilusión de que estaba por debajo de ella; luego sacó un arma fría; y, finalmente, soltó ese discurso.
Una cosa tras otra, pero el derecho a actuar quedaba en manos de Úrsula.
Era una trampa, claro como el agua.
Incluso siendo marido y mujer, había cosas que no se podían decir con total transparencia. No compartían el mismo cerebro, y los pensamientos cambiaban en fracciones de segundo.
Además, la relación que tenían no era como la de otros matrimonios.
Úrsula levantó la mirada con disimulo y lo observó de reojo.
Lucio seguía inmóvil, como una estatua.
Úrsula hizo una pausa, colocó la pistola sobre la mesita de noche y mintió:
—No te odio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro