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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 281

Lucio se volvió hacia Tomás, que estaba a un lado.

—¿No habías contratado a un chef?

Tomás estaba completamente confundido.

—Sí, lo hice.

Úrsula se levantó y le quitó el tazón de las manos a Lucio.

—Fui yo quien quiso comer algo ligero —dijo mirándolo.

Había un poco de caldo suave disponible; tomar un par de cucharadas para asentar el estómago era suficiente.

Lucio se volvió de nuevo para evaluar el estado de Úrsula, que estaba de pie frente a él.

Su semblante lucía mucho mejor que la noche anterior. Descansar toda la noche aparentemente la había ayudado a recuperarse.

Lucio la observó sin apartar la mirada rápidamente.

Pero esa atención prolongada significaba otra cosa completamente distinta para Úrsula.

Comprobó que todo iba justo como esperaba. Con la personalidad desconfiada de Lucio, era obvio que, al recuperar la cordura, empezaría a examinarla bajo una lupa.

Úrsula parpadeó suavemente, bajando la vista, y se adelantó para cambiar de tema.

—La señorita Montero también vino. Mejor los dejo hablar.

Dicho esto, rodeó a Lucio con la intención de salir de allí.

Úrsula quería apresurarse y escapar de ese campo minado. Aún no tenía idea de qué historia inventar para justificar su comportamiento de anoche.

Sin embargo, apenas dio dos pasos, la mano del hombre a su lado la sujetó bruscamente por el brazo.

La agarró con fuerza.

Úrsula trató de zafarse por instinto, pero no pudo.

No se atrevía a cruzar miradas con Lucio, por miedo a que él pudiera leer algo en sus ojos. En este momento, no tenía el capital necesario para desafiarlo.

Manteniendo la cabeza gacha, Úrsula intentó abrirle los dedos a la fuerza, hablando en voz muy baja.

—Tengo que ir a trabajar.

Sara se detuvo en seco.

—Lucho, yo...

—Estamos en el mundo de los negocios —la interrumpió Lucio—. Si me llamas así, la gente va a hablar. Solo lo diré una vez: recuerda cambiar tu forma de dirigirte a mí.

Sin decirle una palabra más a Sara, ordenó a los guardaespaldas que la acompañaran a la salida.

Por más indignada que estuviera, Sara no tuvo otra opción que marcharse, pisando fuerte con sus tacones de aguja y bufando de rabia.

Federico Arriaga, al ver cómo humillaban y ponían en su lugar a la mujer que había molestado a su hermana sin motivo, soltó una risa de satisfacción.

Al segundo siguiente, Lucio levantó la vista y lo miró con fastidio.

—Te lo dije anoche. Si quieres quedarte aquí para acompañar a tu hermana, puedes hacerlo, pero su área de movimiento se limita al edificio de atrás.

Al escuchar ese tono, Federico se encendió de inmediato.

—Mi hermana te salvó la vida en el pasado. ¿Qué insinúas ahora? ¿La estás poniendo bajo arresto domiciliario? ¿Es esta la actitud que tienes con quien te salvó?

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