En resumen, el divorcio no era una opción.
Al escucharlo, Tomás sintió que algo seguía muy, muy mal. Últimamente todo le daba mala espina; vivía rodeado de una sensación constante de peligro.
—Pero... —intentó decir.
Lucio clavó sus fríos ojos en él.
—Si dices una palabra más, te mando a África a hacerle compañía a Bruno.
Tomás selló los labios al instante.
En ese momento, el teléfono de Lucio comenzó a sonar.
Miró la pantalla, vio quién era y rechazó la llamada sin pensarlo dos veces.
—¿Quién era? —preguntó Tomás.
Apenas hizo la pregunta, su propio teléfono empezó a vibrar.
Miró la pantalla: era Sara Montero.
La duda quedó resuelta.
El teléfono no paraba de sonar, y Tomás dudaba entre contestar o ignorarlo.
Lucio le dio unas palmadas condescendientes en el hombro, dio media vuelta y caminó con paso firme hacia el interior de la mansión.
No le quedó de otra a Tomás que contestar e intentar lidiar con Sara.
Lucio se sentó en uno de los sillones de la sala principal. De vez en cuando, de reojo, echaba un vistazo hacia la puerta cerrada del dormitorio en el segundo piso.
Había pasado tan poco tiempo desde que descubrió que Úrsula estaba «enamorada» de él, y ahora, de golpe, se enteraba de que también lo odiaba. Era muy probable que, momentos antes, esa arma negra no solo hubiera apuntado a Ricardo Beltrán.
Pero a Lucio le importaba muy poco. No sentía nada por ella, así que sus tempestades emocionales no significaban nada en su vida.
¿Y qué si ella realmente tenía ganas de meterle un tiro, igual que Mercedes hizo con Gonzalo? Al final del día, no había apretado el gatillo contra él.
Con todo el tiempo que pasaban juntos, había tenido miles de oportunidades y nunca lo hizo. Eso solo demostraba que no era capaz de hacerle daño.
Aunque esa «incapacidad» no despertaba ninguna ternura en Lucio, sí era argumento suficiente para desarmar los consejos de Tomás y los demás sobre el divorcio.
A él todo le daba igual.
Eso era todo.
¡CRASH!
La puerta bloqueada cedió ante el impacto brutal, rebotando ruidosamente contra la pared.
Lucio irrumpió en la habitación.
Sus ojos barrieron frenéticamente el lugar hasta posarse en la puerta abierta del baño.
Avanzó a zancadas largas.
Dentro, Úrsula estaba acurrucada en un rincón, apoyada contra la pared. El estruendo de la puerta la había sacado momentáneamente de su trance.
Al escuchar los pasos apresurados y ver la imponente sombra acercarse, no tuvo tiempo ni de levantar la vista. Lucio, sin pensar, se agachó, la tomó por las axilas y la levantó en vilo.
El cuerpo de Úrsula, ligero y sin fuerzas, cayó inerte contra su hombro, con los brazos colgando flojamente.
Atrapada en su propia pesadilla, no paraba de murmurar en un susurro febril:
—Yo lo maté, yo maté a Ricardo, lo maté...
Lucio deslizó una mano por su espalda. Al escucharla repetir esas palabras, sintió como si un nudo invisible le bloqueara la garganta, impidiéndole respirar.

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