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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 274

Él no se acercó. Se quedó de pie, observando desde la distancia.

Al cabo de un momento, Tomás se acercó a él.

—Jefe, todo está limpio.

La voz de Lucio no denotaba ninguna emoción en particular.

—Bien.

—¿Regresamos a la Villa Cielo Abierto? —preguntó Tomás—. Está más cerca. Podemos hacer que Marcos revise a la señorita Clara; dudo que en su estado soporte un viaje largo.

Lucio comenzó a caminar hacia el vehículo principal.

—Ve y avísale a Federico.

Al ver que Lucio no tenía intención de subir al mismo coche que Úrsula, Tomás se quedó un segundo desconcertado antes de responder.

—Entendido.

Los motores rugieron, y uno tras otro, los coches abandonaron el complejo en ruinas de las afueras.

Algunos tomaron rumbos distintos para despistar, mientras que el grupo principal enfiló hacia la Villa Cielo Abierto.

Durante todo el trayecto, Úrsula se mantuvo con los ojos cerrados. No pronunció una sola palabra, ni siquiera miró por la ventana.

En el viaje de ida, el vehículo iba lleno; ahora, solo quedaban el conductor y ella.

No supo cuánto tiempo había pasado, pero cuando sintió que la velocidad disminuía, asumió que habían llegado a su destino.

Pensó que estaban de vuelta en la Mansión Poniente, pero al abrir los ojos y mirar por la ventanilla, se dio cuenta de que el paisaje era distinto.

—¿Por qué vinimos a la villa? —preguntó.

—Volver a la ciudad era demasiado trayecto —respondió el conductor—. El jefe ordenó que instalaran temporalmente a la señorita Clara aquí, y me pidió que trajera este auto también.

El chófer solo seguía instrucciones. Él también creía que volverían por la ruta original junto con el resto, pero a mitad de camino, Tomás lo llamó para indicarle que se dirigiera a la villa.

Úrsula no dijo nada más; en cierto modo, tenía sentido.

Esos asuntos no le concernían, y tampoco valía la pena prestarles demasiada atención.

Al bajar del coche, notó que Federico y Dante también estaban allí. El grupo caminaba a paso apresurado hacia el edificio de la parte trasera.

Jamás, en toda su vida, imaginó que sería capaz de hacer algo así.

Se repetía a sí misma mentalmente: «Tranquila. No pasa nada. Lo hiciste muy bien».

Había practicado innumerables veces en el campo de tiro de la villa, fallando casi siempre.

Pero esta noche había acertado al primer intento.

Era la primera vez que disparaba con tanta precisión. Debería sentirse orgullosa.

Con ese pensamiento, se apoyó contra la puerta y, poco a poco, logró ponerse de pie, ajustando su respiración para calmar el caos en su mente.

Pero, justo cuando creyó que por fin podía aceptar lo sucedido, unas náuseas abrumadoras le subieron por la garganta.

Corrió a trompicones hacia el baño.

Se inclinó sobre el lavabo, teniendo arcadas violentas, pero su estómago estaba vacío; no vomitó nada.

Se apoyó en el borde de mármol, levantó la mirada y observó su reflejo en el espejo. Tenía los ojos enrojecidos. Tardó un largo rato en recuperar el aliento.

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