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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 272

Tomás tuvo que llamarla una vez más antes de que Úrsula levantara la cabeza, como si de pronto despertara de un trance.

—¿Me hablaste?

Tomás asintió. Al ver su actitud, que parecía denotar una genuina preocupación, empezó a creer que lo que Lucio le había contado era cien por ciento real.

Úrsula realmente sentía algo muy fuerte por su jefe.

Él esbozó una sonrisa franca y amigable.

—El jefe está bien, no tienes de qué preocuparte.

Ella no entendió bien a qué se refería, pero asintió por inercia y murmuró un leve sonido de afirmación.

Levantó la vista y miró por la ventana del coche.

Las oscuras siluetas del complejo abandonado del Edificio Rubí aparecieron ante sus ojos.

Habían llegado.

Tomás fue el primero en bajarse y caminó hacia el interior del recinto.

Esperó a que él se alejara un poco y luego, bajo el pretexto de necesitar tomar aire fresco, le pidió al conductor que abriera la puerta para bajar también.

El viento nocturno en las afueras era cortante. Úrsula se ajustó el abrigo, envolviéndose bien, y avanzó sola, con expresión indiferente, pisando las ramas secas en la misma dirección que había tomado Tomás.

Frente al edificio en ruinas donde se escondía Ricardo Beltrán, el viento silbaba con un sonido lúgubre, volviendo la noche aún más siniestra.

Úrsula se detuvo en silencio junto a un pino perenne, ocultándose en las sombras.

Todos estaban reunidos en el amplio patio de la villa abandonada.

Lucio estaba plantado justo frente a la entrada principal, con la misma actitud arrogante y despectiva de siempre, como si nadie estuviera a su altura. Diego estaba de pie a su lado, con su arma en alto.

Estaban rodeados por guardaespaldas altamente entrenados, bloqueando cualquier ruta de escape.

Además de la gente de la Villa Cielo Abierto, los hombres de la familia Arriaga también habían llegado. A lo lejos, se podía vislumbrar a Federico sosteniendo a una figura delgada, a quien acababa de cubrir con un abrigo negro por los hombros.

Era Clara Castro.

Desde la distancia, sus facciones eran indistinguibles.

Pero a Úrsula tampoco le importaba qué aspecto tuviera. Su mirada barrió el lugar antes de posarse fijamente en el centro de la escena.

Ricardo Beltrán estaba de pie, acorralado y en un estado deplorable. Atrás había quedado la imagen del hombre de sonrisa falsa que ocultaba un puñal. Ahora miraba a Lucio con un odio feroz, como si intentara atravesarlo con la mirada, memorizando su rostro para buscar venganza en su próxima vida.

Jadeando y con el rostro contraído por la ira, Ricardo escupió sus palabras:

—¡Sí, fui yo quien desvió del camino a tu amigo León y me aseguré de que muriera! Pero todo esto empezó por tu culpa. ¿Quién te manda a ser tan arrogante y ganar el odio de la gente? Eres incapaz de tragar tu orgullo y agachar la cabeza; ofendiste a la persona equivocada. Los que vivimos lamiendo la sangre del filo de la navaja sobrevivimos por nuestras propias habilidades. No le tengo miedo a la muerte, ¡lo único que lamento es no haber tenido tiempo de acostarme con tu mujer! ¡Esa perra es tan hermosa que no dejo de pensar en ella ni un instante!

Terminó su frase soltando una risa grotesca.

Lucio lo miró sin cambiar un músculo de su rostro.

—¿Quién te ayudó?

Levantó la mano.

Diego le entregó el arma.

Quitó el seguro. Apuntó.

Con frialdad, Lucio apuntó el cañón oscuro directo hacia Ricardo, con el dedo apoyado en el gatillo.

Lo miró desde arriba, como si observara a un insecto acorralado. Su voz carecía por completo de calidez.

—Habla.

La voz ronca de Ricardo se transformó en una risa áspera.

—¿Y si te lo digo, me dejarás ir? ¿Por qué tendría que decírtelo?

Lucio arqueó ligeramente una ceja.

Sus ojos solo veían esa única vía de escape. Aunque tropezara, se levantaría al instante. Era su única oportunidad de vivir, el único punto que no estaba custodiado por guardaespaldas.

Si lograba salir, viviría.

El viento cobró fuerza, agitando las ramas de los pinos con un crujido sordo, enfriando aún más aquella noche de invierno.

Plop.

Una gota de lluvia cayó del cielo directo sobre la punta de la nariz de la persona oculta en las sombras del árbol.

Estaba helada.

En aquel rincón desolado de la ciudad, una llovizna fina comenzó a caer sin previo aviso. Todos observaban a Ricardo huir como una bestia acorralada.

Lucio, con una mano en el bolsillo, levantó la mirada perezosamente. En el fondo de sus ojos oscuros solo había una frialdad infinita.

Volvió a levantar el arma y apuntó al corpulento hombre que estaba a punto de escapar. Entrecerró los ojos.

¡BANG!

El disparo desgarró el silencio del lugar.

Los rostros de todos los presentes cambiaron ligeramente.

¡Fueron dos disparos con menos de un segundo de diferencia!

Ricardo bajó la vista hacia su pecho, mirando los dos agujeros de bala que le habían perforado el corazón, uno desde atrás y otro desde adelante. Con una expresión de incredulidad, su pesado cuerpo se desplomó contra el suelo, levantando una nube de polvo invisible en la oscuridad.

Sin la figura de Ricardo bloqueando la vista, las dos personas que sostenían un arma cruzaron sus miradas.

Hacía apenas un momento, se habían despedido cariñosamente en el dormitorio de la Mansión Poniente.

Y ahora, en medio de aquel paraje desolado, Lucio veía a Úrsula de pie junto al pino.

Ella sostenía firmemente con ambas manos el arma que él le había regalado tiempo atrás. Había disparado con precisión letal, atravesando directamente el corazón de Ricardo Beltrán.

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