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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 259

Lola dijo:

—No hablamos en dos días y ahora me mandó mensaje.

Diego señaló la pantalla:

—Ignóralo, hazte la difícil. No puedes ir corriendo hacia él en cuanto te hable.

Lola, impaciente, insistió:

—¿Ni siquiera le puedo mandar un sticker?

Diego le sujetó la mano:

—¡No! Si le contestas, él te estará controlando a ti.

Lola hizo una bomba de chicle y respondió:

—¿No crees que usar la palabra 'controlar' es exagerado?

Diego levantó un dedo con total seriedad:

—Créeme. Ahora mismo están en un juego de poder para ver quién domina a quién. Si no le contestas, tú eres la que lo controla.

Lola escuchó atenta y logró resistir las ganas de responder.

Cuando Lucio llegó, los vio a ambos con las cabezas juntas, cuchicheando con expresiones súper serias.

Mientras avanzaba, le preguntó con indiferencia a Tomás, que iba a su lado:

—¿Qué pasa con esos dos? ¿Están saliendo?

Realmente no le sorprendería; al fin y al cabo, pasaban mucho tiempo juntos y tenían edades similares, era natural que surgiera algo.

Tomás negó con la cabeza y soltó una carcajada discreta:

—No, qué va. Lola conoció a un chico en la escuela y se están coqueteando por mensajes. Diego le está dando consejos de amor.

Lucio frunció el ceño:

—¿Qué clase de tontería es esa? La mandé a estudiar, no a buscar noviecitos en el instituto.

Tomás se apresuró a defenderla:

—Lucho, tampoco es para tanto. Ya están en edad universitaria, está permitido tener pareja.

Lucio parecía un padre conservador:

—Ya casi son los exámenes finales. Si Lola reprueba todas las materias, ¿vas a presentar los exámenes de recuperación por ella?

Tomás se rascó la nuca:

—A ella de por sí nunca le ha gustado el estudio. Que ahora quiera ir a clases todos los días por ese chico ya es una ganancia, ¿no cree?

A Lucio claramente no le agradaba la idea, pero tampoco pudo rebatir el argumento.

—¡Jefe!

Ocultó el teléfono detrás de su espalda y, al mismo tiempo, lo bloqueó a toda prisa.

Lucio, viendo su actitud patética, le soltó una patada suave en la pierna:

—Ayer te mandé al puerto a hacer un encargo, y ya casi se acaba el día y todavía no vas.

Diego mostró una sonrisa tonta, dejando ver sus dientes blancos:

—Ahorita mismo arranco, jefe.

Diego era astuto, pero nunca lo demostraba. Siempre iba por ahí con esa misma sonrisa de tonto, y a simple vista lograba engañar a cualquiera. De hecho, el mismísimo Sergio Zapata todavía creía que Diego tenía algún tipo de retraso mental ligero.

Lucio lo amenazó:

—Si sigues de perezoso, te voy a mandar a hacerle compañía a Bruno Zúñiga.

Diego sacudió la cabeza como si le fuera la vida en ello, levantó tres dedos y juró:

—¡Le prometo que no vuelve a pasar, de verdad!

Lucio bufó y decidió dejarlo pasar.

Se recargó perezosamente contra una de las columnas del pórtico, flexionando una pierna hacia atrás.

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