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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 252

A veces, lo que Úrsula más temía, terminaba pasando.

Días después, al recordar la actitud fuera de lugar de Dante durante la cena de aquella noche, cada vez se convencía más de que todo había sido un sueño.

Seguro no había despertado bien y confundió la realidad con su imaginación.

Y justo al pensar en eso, realmente tuvo un sueño.

Soñó con aquel romance hermoso e inocente de sus días universitarios.

El tiempo siempre diluye todo. Al mirar atrás en retrospectiva, como una espectadora, ya no sentía dolor por el triste final, solo quedaba una leve sonrisa contagiada por los buenos recuerdos.

El sol quemaba la tierra. Dante salía de la cancha con una camiseta deportiva roja y negra, una banda en la frente, irradiando una elegancia innata.

Úrsula lo esperaba bajo la sombra de un árbol, vistiendo una falda plisada y sosteniendo una botella de agua.

Al verla, él corrió hacia ella dando zancadas largas:

—Te dije que no me esperaras. Iba a ducharme y luego a buscarte a tu residencia. Con este calor, ¿qué pasa si te da un golpe de calor?

Úrsula le tendió el agua y murmuró bajito, con la cabeza gacha:

—Solo quería venir.

Pateó una pequeña piedra en el suelo.

Dante sonrió. Se inclinó para acercarse a su rostro, con los ojos llenos solo de ella:

—Me tratas demasiado bien. Estaba tan feliz que ni siquiera pude encestar el último tiro antes de salir.

Frente a los demás, él era alguien serio y de pocas palabras, pero con ella se transformaba por completo.

Úrsula se tocó las mejillas encendidas con el dorso de la mano:

—Eres tú el que juega mal, no me eches la culpa a mí.

Dante se echó a reír por lo bajo:

—Tienes razón, es mi culpa por jugar mal.

Extendió la mano para tomar la de ella.

Úrsula lo esquivó, quejándose de que tenía las manos sucias por haber estado jugando.

Ella caminó por delante, y Dante no apartó la mirada de ella ni por un segundo, siguiéndola de cerca.

Por un momento de distracción, él tropezó y casi se estrella contra un árbol.

Úrsula despertó de golpe.

Se cubrió el rostro con ambas manos, tomando un buen rato para recuperar el aliento y volver a la realidad, recostada en la silla de su oficina.

Resulta que se había quedado dormida sobre el escritorio de su oficina en el Centro de Bellas Artes mientras revisaba unos documentos.

Negó con la cabeza y dejó escapar una sonrisa de resignación.

Últimamente estaba demasiado cansada.

Apagó la computadora, abrió la puerta de la oficina y salió a dar una vuelta.

Cuando regresó, había alguien sentado en el sofá de visitas.

No sabía en qué momento había entrado.

Justo acababa de soñar con él, y ahora, la persona de su sueño estaba ahí mismo, en su oficina.

Abrió la puerta y fue directo al grano:

—¿Cómo entraste?

Esta vez no estaban en la Mansión Poniente; ninguno de los dos necesitaba fingir que no se conocían.

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