Úrsula apretó el puño con fuerza.
De repente, Lucio comentó de forma enigmática:
—Espero volver a escucharte decir eso muy pronto.
Úrsula no comprendió a qué se refería.
Pero él no le dio explicaciones.
Guiando sus manos, Lucio la ayudó a disparar una vez más.
A simple vista parecía frágil y delicada, pero mostraba un interés poco común en ese tipo de cosas, casi como si tuviera la misma actitud que Lola.
De pie en el campo, apuntó y disparó una y otra vez.
Hacia el final, Lucio la soltó y se quedó detrás de ella, dejándola hacerlo sola.
Cuando disparó por su cuenta, aplicó demasiada fuerza en el momento del tiro y falló el blanco.
El retroceso de esa pistola no era tan fuerte. Úrsula sintió su muñeca como si hubiera recibido un leve puñetazo, algo totalmente soportable.
Se frotó la muñeca.
—¿Ya te cansaste de jugar? —preguntó Lucio.
Úrsula negó con la cabeza, y luego asintió.
Miró el blanco de tiro y soltó un largo suspiro.
Al estar ahí de pie y recordar todo lo ocurrido en San Cipriano, Úrsula comprendió la ley de la selva en este mundo.
Y no solo en Nueva Alborada.
Su instinto de supervivencia y de evitar el peligro la impulsó a decir las palabras que había preparado con tanta cautela.
Era algo en lo que Úrsula había pensado durante mucho tiempo.
No sabía si estaba haciendo lo correcto, pero si no lo decía, sentía que traicionaría el deseo que había anhelado durante meses.
Aunque la situación actual fuera completamente diferente a la del principio.
Respiró profundo y finalmente dijo:
—Lucio.
El gélido viento borró un poco la voz de la chica.
Su tono era suave y dulce, ligero como el algodón de azúcar.
Durante los últimos seis meses, él se había acostumbrado a que lo llamara así, no le parecía raro. Pero al salir de sus labios, la entonación sonaba distinta a la del resto.
Antes, y también ahora, pocos se atrevían a llamarlo por su nombre completo; normalmente, quienes lo hacían era porque lo odiaban a muerte y lo acompañaban de crueles maldiciones.
Pero cuando ella lo pronunciaba, sonaba pacífico, aunque al mismo tiempo perturbador.
Lucio bajó la mirada hacia ella, un tanto intrigado por lo que estaba a punto de decirle con tanta seriedad.
—Dime.
—Ya tomaste el control del Grupo Silva. Ahora podemos cancelar la alianza de manera pacífica —declaró ella.
Sonó claro y directo, como si lo hubiera meditado con profundidad.
Lucio se quedó inmóvil.
Levantó la mirada y su tono se volvió inescrutable:
—Repite lo que dijiste.
—¿Eh? —Úrsula lo miró, sus ojos claros no mostraban rastro alguno de doble intención—. Me refiero a que ya no tenemos que seguir fingiendo, ni seguir atados a la fuerza.
No podía mencionar a su propia familia, pero sí podía recordarle a Lucio que él mismo diera el paso de proponer una separación pacífica.
En el campo de tiro, aparte del aullido del viento del norte, el silencio era absoluto.
Después de un largo rato, una mano grande y pesada se posó sobre el hombro de Úrsula.
Úrsula se mordió el labio:
—¿Qué me vas a decir?
Lucio soltó una risa pausada y relajada:
—Wilfredo Valdés es un viejo presumido, pero no tiene una gota de poder real. Tu hermana será competente, pero carece de visión. El futuro de tu familia es tan predecible que hasta un ciego lo vería, definitivamente no son un lugar seguro para ti.
—Al contrario, con el carácter que tiene tu padre, es solo cuestión de tiempo para que se busque un gran problema. Y mientras lleves el apellido Valdés, nunca podrás librarte de él. Cuando él caiga, la primera en salir perjudicada serás tú. Si quieres tener una buena vida, cancelar la alianza no te servirá de nada, ni tampoco intentar esconderte.
—Si te bajas del barco ahora, te quedarás sin nada. A los ojos de la gente de Nueva Alborada, esta alianza fue real. Aunque se cancele, las cosas nunca volverán a ser como antes.
—Si quieres separarte de mí, puedes hacerlo; si quieres tu libertad, también es tuya. Pero te aconsejo que lo pienses con cuidado. El éxito de tu familia no te beneficiará, pero si fracasan, tú tampoco te escaparás. Cuando eso pase y no tengas los medios para defenderte, ¿qué vas a hacer?
Cada palabra resonó como un eco en la mente de Úrsula.
Sus dedos, caídos a los costados, se cerraron lentamente.
En un par de frases, este hombre había expuesto con crudeza su situación actual. La familia Valdés no era su refugio; de hecho, le traería problemas.
Y, para su desgracia, Úrsula no tenía poder alguno.
Bajó la mirada hacia sus manos vacías.
En Nueva Alborada había incontables personas ricas, pero sin poder, todo el dinero del mundo podía desaparecer como una burbuja de jabón en un instante.
Ella podía controlarse a sí misma, pero no podía frenar la codicia de Wilfredo Valdés.
Podía engañarse pensando que se alejaba de los conflictos, pero la gente de Nueva Alborada no lo vería así.
Úrsula apretó los puños con fuerza.
El hombre a sus espaldas observaba sus reacciones y soltó una pequeña risa de satisfacción.
Abrazándola fuertemente, le murmuró con un tono seductor, como un demonio susurrando tentaciones:
—Deberías elegir una mejor salida.

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