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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 189

En plena madrugada, Villa Cielo Abierto estaba iluminada por completo.

A Marcos Calvet lo despertaron a toda prisa, se puso lo primero que encontró y salió hacia el edificio principal con su maletín a cuestas.

Lleno de dudas, preguntó:

—Ya había pasado todo el peligro, ¿quién está herido?

Lola caminaba delante de él, con las manos en los bolsillos; su cabello verde resaltaba en la oscuridad:

—El jefe.

Marcos se quedó pasmado:

—¿No acaba de llegar? ¿Cómo pudo lastimarse aquí adentro?

Lola se encogió de hombros:

—Yo qué sé, pero no se ve nada bien.

Ambos entraron al vestíbulo.

La lujosa lámpara de cristal brillaba sobre ellos. Cerca del sofá había varias personas de pie, todos con semblantes sombríos.

Lucio Silva estaba sentado en el centro del sofá, tapándose la herida de la frente con un pañuelo. No se le notaba ninguna emoción. A su lado, la chica de pijama rosa mantenía la mirada baja, en silencio.

Bruno Zúñiga estaba apoyado en la pared con los brazos cruzados. Al escuchar pasos, levantó la cabeza:

—Menos mal que llegas, Marcos.

El doctor no perdió tiempo y se acercó de inmediato a examinar la herida.

Era un tajo profundo y todavía tenía restos de cristal.

Marcos exclamó, horrorizado:

—¡Pero bueno, ¿cómo te hiciste esto?!

Lucio masticaba un cigarrillo apagado; de reojo, le lanzó una mirada a la chica sentada junto a él.

Ella, con su figura hermosa, tenía las manos apretadas sobre las rodillas. Era obvio que estaba nerviosa y se sentía culpable.

Lucio tiró el cigarro a la papelera con dos dedos y respondió con indiferencia:

—Me pegué en la oscuridad.

...

Que un corte tan profundo fuera por un choque en la oscuridad era una mentira de campeonato.

Todos en Villa Cielo Abierto estaban acostumbrados a los golpes, y de inmediato supieron que esa herida era producto de un ataque.

Pero nadie dijo nada.

Solo Diego, que no era el más brillante del grupo, al escuchar eso soltó sin pensar:

—Es imposible hacerse eso por chocar en la oscuridad, seguro que...

No alcanzó a terminar la frase; Tomás le dio un codazo.

Sus palabras murieron en su garganta.

Diego se calló de golpe, y volviéndose hacia Tomás, preguntó:

Era de locos.

Al fin y al cabo, estaba en territorio de Lucio; todos ahí eran sus hombres y sus amigos.

Aunque Úrsula había vivido con ellos y se llevaba bien con todos, no dejaba de sentir miedo; en el fondo, sabía que no pertenecía a su mundo.

La luz le daba de lleno.

Tomás la observó de reojo. Todo este lío había pasado en cuestión de minutos. Él acababa de estacionar, se bañó y apenas se iba a acomodar en su cama a ver el celular antes de dormir cuando se armó todo.

Villa Cielo Abierto ya no parecía tan segura. No había pasado nada en el extranjero, y nada más llegar, pasaba esto.

Viendo que Úrsula estaba algo distraída, Tomás chasqueó la lengua y dejó de darle vueltas al asunto.

Si Lucho decía que se pegó en la oscuridad, pues se pegó en la oscuridad.

Cómo pasó exactamente era mejor no preguntar.

Pero el terco de Diego no lo soltaba:

—Oye, Tomás, ¿tú no regresaste con el jefe? ¿Tú sabes qué pasó?

—No sé nada —respondió Tomás mirándolo—. Y tú dejas de hacer preguntas tontas.

Diego se frotó la barbilla:

—Es que no lo entiendo. ¿Deberíamos revisar las cámaras?

Lola, que estaba sentada en el apoyabrazos de un sofá moviendo una pierna, lo pateó:

—El jefe ya dijo que se pegó. Si tú quieres buscarte problemas, no nos arrastres contigo.

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