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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 187

Sergio Zapata comentó:

—Hace unos días alguien me contó algo y me olvidé de decírtelo. Te vas a morir de la risa cuando lo escuches.

Lucio Silva lo miró de reojo, recostándose perezosamente en el sofá. La luz tenue resaltaba la dureza de sus facciones.

—¿De qué se trata?

Sergio estaba a punto de hablar, pero él mismo se empezó a reír solo de pensarlo, así que le dio una palmada al joven rico que estaba a su lado, que también conocía la historia.

—Tobías, cuéntaselo tú a Lucho.

Tobías Benítez apagó el cigarrillo que llevaba en la boca:

—Es sobre tu astuto suegrito. Como ya tomaste el poder, a él se le infló el pecho otra vez. Como ahora nadie de afuera puede acercarse a ti, le mandan las invitaciones a él. Y el viejo las acepta todas, se la pasa de evento en evento, está más ocupado que tú.

Sara Montero no pudo evitar soltar una risita:

—A su edad y queriendo ser el alma de la fiesta.

Tobías se encogió de hombros con una sonrisa en el rostro:

—Así es. Dicen que el otro día, después de tomar de más, empezó a presumir diciendo que la mitad de la familia Silva le pertenece a su hija.

En el privado estallaron las carcajadas; todos se burlaban del descaro de Wilfredo.

Tomás, que estaba a un lado, los miró de reojo.

Lucio arqueó una ceja, pero no dijo nada.

Sergio todavía se reía al pensar en alguien tan idiota. Agregó:

—Esa tontería de que su abuelo salvó al tuyo... ni se sabe de qué época es eso. Tu papá lo aceptó porque se hacía el devoto. Pero ahora que está bajo tierra, en la familia Silva mandas tú.

Lucio levantó un poco la barbilla y lo miró.

Sergio siguió dándole ideas:

—Si tanto te harta, corta por lo sano y desvincúlate de esa clase de gente.

Tobías estuvo de acuerdo y añadió:

—Claro, el divorcio es facilísimo, lo haces en un minuto.

Sara, atenta a la expresión de Lucio, sonrió con dulzura:

—No hay por qué apresurarse, eso pasará tarde o temprano, ¿no crees, Luchi?

Las miradas de todos se clavaron en el hombre del centro.

Lucio soltó una carcajada seca, y su esbelta figura desapareció tras la puerta del privado.

Sergio dijo:

—Venga, ya que él no quiere, bebemos nosotros. Aunque me pregunto si la señorita Montero sigue aquí con nosotros.

Sara sonrió, elegante y desenvuelta:

—Por supuesto. ¿Quién no querría estar en la fiesta del señor Zapata?

Levantó su copa.

Sergio estiró el brazo y chocó su vaso con el de ella.

Otros años, para esta época, ya había caído la primera nevada en Nueva Alborada, pero esta vez solo bajaba la temperatura sin que asomara ni un solo copo.

El imponente auto negro avanzaba por las amplias avenidas. Tomás iba al volante, con Lucio atrás.

Tras organizar el discreto funeral de Gonzalo Silva y asegurarse de instalar a Mercedes Silva en una isla privada, Lucio había vuelto a Nueva Alborada, y de inmediato fue a San Cipriano a resolver un par de asuntos. Aquel día, finalmente, regresaba oficialmente a la capital.

Apenas el avión tocó suelo, Sergio lo había interceptado con la excusa de darle la bienvenida.

Lucio había visto a demasiada gente en esos últimos meses, durmiendo apenas cuatro o cinco horas por noche.

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