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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 173

La llovizna persistía durante toda la mañana.

Los miembros de la familia Silva, vestidos uniformemente de riguroso negro y sosteniendo paraguas, se reunieron frente a la lápida del patriarca.

Don Gonzalo Silva era el líder actual de la familia y fue en ese momento que por fin hizo su aparición. Él se colocó en la primera fila, relegando a los mayores con más jerarquía, como el hermano del antiguo patriarca, don Teo Silva, y don Mauricio Silva.

Úrsula se paró junto a Lucio.

La ceremonia del aniversario pasó rápido.

Para muchos en la familia, el patriarca era alguien a quien apenas habían visto; el evento era poco más que un trámite sin mucho sentimiento.

Los muertos pertenecían al pasado; estaba claro que el verdadero espectáculo vendría después. Un día como aquel, con toda la familia reunida, era una función pensada para los vivos.

A poca distancia, un sirviente se acercó haciendo una reverencia; sostenía un paraguas para proteger a un niño mestizo de cabello claro y ojos azules.

Al verlo, don Gonzalo atravesó a grandes zancadas el centro de la multitud hacia el niño, dejando a doña Mercedes sola en su sitio.

Esta última tenía el rostro tenso y desfigurado, intentando reprimir su rabia y resentimiento a duras penas.

Todos los presentes voltearon a ver al recién llegado; pronto comenzaron los murmullos, miradas directas o de soslayo que se clavaban en el pequeño.

Vieron cómo don Gonzalo se agachaba frente al niño y le sostenía los hombros con inmenso cariño: —Caleb.

Úrsula escuchó el español tierno y algo torpe del niño: —Papá.

Miró al hombre a su lado.

Lucio esbozaba una sonrisa indescifrable en los labios, con la mirada posada perezosamente sobre aquel par de padre e hijo.

Poco después, don Gonzalo se levantó ante la mirada de todos, tomó al niño de la mano y lo llevó frente a la lápida del patriarca: —Él es tu bisabuelo.

E hizo que Caleb se inclinara en señal de reverencia.

Cualquiera con dos dedos de frente entendía lo que aquello significaba.

Doña Mercedes observaba la escena sintiendo que los dientes se le iban a romper de tanto apretarlos.

Úrsula pensó que la mujer estaba a punto de estallar.

Fue entonces cuando Adriana Silva, la tía paterna, intervino: —Hermano, no creo que sea apropiado que traigas a este niño al aniversario luctuoso del abuelo.

Don Gonzalo la miró, su voz profunda y rotunda retumbó en el lugar: —Caleb también es un Silva. Es tu sobrino.

Adriana se acomodó el cabello ondulado y soltó una risita ligera: —Eduardo acaba de tener un nietecito ilegítimo, y ahora el hermano mayor aprovecha el revuelo para seguir su ejemplo y traer a este niño en secreto. ¿Acaso le has pedido su opinión a los mayores de la familia?

Eduardo Silva fue nombrado de manera abrupta; al fin y al cabo, había sido su hijo quien hace poco había desatado el escándalo del hijo ilegítimo.

En las grandes familias, los hijos ilegítimos eran comunes, pero reconocerlos y darles el apellido era otra historia muy distinta.

Frente a la lápida del patriarca.

Se escucharon los gritos agudos y estridentes de doña Mercedes, los rugidos furiosos de don Gonzalo y el llanto desgarrador del niño mestizo que fue empujado con fuerza y cayó de bruces contra el suelo.

La escena se convirtió en un caos absoluto, transformándose en un circo matrimonial.

Décadas atrás, el matrimonio entre doña Mercedes y don Gonzalo había sido arreglado por conveniencia; luego de casarse, mostraron un amor profundo y siempre andaban juntos, provocando la envidia de todos. Se decía que eran la pareja perfecta, y durante años nunca se les vio alzar la voz.

Nadie conocía las bajezas y la inmundicia que escondían a puerta cerrada.

Úrsula los miraba desde lejos, con su rostro tranquilo y la mirada reservada.

Esta era la primera vez que don Gonzalo peleaba con doña Mercedes en público; la protección hacia su hijo mestizo había cruzado todos los límites.

Al fin y al cabo, don Gonzalo era el líder de la familia Silva, y su favoritismo era una clara señal para los demás miembros de que podría haber un cambio en la sucesión del heredero.

Al ver este espectáculo, todos los presentes comenzaron a conspirar internamente, cada uno armando sus propios planes.

Sin que nadie se diera cuenta de en qué momento, Mauricio Silva se acercó a Lucio y dejó escapar un suspiro: —Tu padre parece importarle mucho este hermanito tuyo.

Lucio lo miró de reojo: —Tío Mauricio.

—Sí, sobrino —Mauricio tenía el rostro de un hombre bonachón y sonrió con sencillez, hablando como si comentara el estado del clima—: Antes de que se convierta en una verdadera amenaza, siempre es mejor golpear primero.

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