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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 163

Úrsula terminó de acomodarle las mangas y comentó en voz baja.

—No imaginé que tu padre también fuera un mujeriego.

En la capital, la reputación de Don Gonzalo era intachable: un hombre culto, de modales refinados, devoto de su esposa y padre de un solo hijo. Era un pilar moral para la vieja guardia de Nueva Alborada. Incluso cuando estalló el escándalo del falso heredero, muchos sintieron lástima por aquella pareja tan pulcra y elegante, lamentando que su verdadero hijo hubiera resultado ser un vago sin futuro. Todos decían que de un buen árbol había salido una manzana podrida.

Nadie se habría imaginado que, puertas adentro, la familia Silva era un completo desastre.

—¿También? —Lucio captó la palabra al vuelo, guardó las manos en los bolsillos y ladeó la cabeza para mirarla—. ¿Acaso Wilfredo Valdés no es famoso por estar dominado por su mujer?

—Eso es lo que se rumora en los últimos años, pero cuando yo nací, mi papá andaba coqueteando con su secretaria —Úrsula se encogió de hombros, dejando que su cabello sedoso cayera sobre sus hombros—. Comparado con tu familia, al menos nuestras relaciones son un poco más simples.

Lo dijo sin mucha emoción, pero tampoco parecía afectarle profundamente. Era solo un comentario casual.

Un resoplido de risa escapó por la nariz de Lucio.

Se quedó mirándola fijamente por un instante y, de repente, levantó la mano para acariciarle el cabello.

Era increíblemente suave al tacto.

Los oscuros ojos de Lucio se suavizaron.

Al sentir el peso en su cabeza, la chica alzó sus hermosos ojos almendrados, visiblemente confundida por el repentino gesto.

Los dos estaban parados frente a frente en medio de la habitación.

Toc, toc, toc.

Llamaron a la puerta.

Era un empleado avisando que el almuerzo estaba listo.

Lucio retiró la mano, le lanzó una mirada perezosa y se giró hacia la salida.

—Vamos a comer.

Úrsula no pronunció una palabra. Tomó sus cubiertos con lentitud, haciendo un esfuerzo titánico por volverse invisible.

Como era de esperarse, madre e hijo estaban a punto de iniciar otra de sus batallas campales.

Y no se equivocó. Doña Mercedes arqueó una ceja y alzó la voz.

—Sea como sea, es tu padre. ¡Esperar un poco no te va a matar de hambre!

Lucio levantó la mirada y la observó un segundo. Bajo los ojos furiosos de Doña Mercedes, tomó un bocado con absoluta parsimonia, ignorando olímpicamente sus palabras.

A Doña Mercedes le sacaba de quicio esa actitud despreocupada. Dio un bufido lleno de furia.

—¡Come, come entonces! Qué bonito que tengas tanto apetito. ¿Acaso no te das cuenta de lo que significa que traiga a ese bastardo justo ahora? Si lo reconocen oficialmente y lo meten en el registro de la familia, ¡va a venir a robarte lo que es tuyo!

Y traerlo precisamente durante el aniversario luctuoso, un momento tan delicado en el que todos los Silva estaban reunidos en San Cipriano, era una declaración de intenciones: quería presentarlo en sociedad para que todos supieran quién era.

Ni siquiera cuando Lucio fue reconocido oficialmente como el verdadero heredero hubo tanta gente presente.

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