Meses después, mi vientre ya había crecido hasta los ocho meses.
Cada movimiento se sentía más pesado, cada respiración a veces más corta, y las piernas que antes estaban lesionadas ahora debían soportar un doble peso.
Cia también había crecido. Su cabello era más grueso, sus mejillas más regordetas, pero su cuerpecito seguía solo pudiendo permanecer recostado.
A la edad en que debería estar empezando a caminar con torpeza o al menos a gatear con agilidad, todavía yacía sobre una manta gruesa o en nuestros brazos. Cada vez que la miraba, la culpa regresaba sin ser invitada.
Siempre me culpaba a mí misma. Si aquella noche hubiera reaccionado más rápido para protegerla, si no hubiera llevado a Matías al peligro, si hubiera sido más fuerte… quizás Cia ya estaría corriendo por el jardín.
Quizás ya podría llamarme «Mamá» mientras caminaba hacia mi abrazo. Pero la realidad era que solo podía sonreír, mover sus deditos y depender de la sonda de oxígeno que todavía la acompañaba fielmente en ciertos momentos.
Desde la distancia, las noticias seguían llegando. Ethan aún trabajaba para Alessandro Moretti. Desde aquel día en el estacionamiento del hospital, parecía haber desaparecido de la vista, pero su nombre aún aparecía de vez en cuando en los informes de Stefano. Su rencor no se había apagado, solo estaba contenido. Alessandro, por su parte, prefería observar desde lejos después de que Luca le diera una advertencia bastante clara y convincente.
Una mañana soleada salí al jardín trasero de la mansión con pasos lentos, una mano sosteniendo el vientre grande.
En medio del jardín lleno de flores vi a Luca. Estaba sentado en un amplio banco de jardín, con Cia en su regazo. Nuestra hija llevaba un vestidito amarillo suave con un lacito en el pelo. Luca señalaba hacia una mariposa amarilla posada en una rosa blanca.
—Mira, Cia… una mariposa. ¿Bonita, verdad? Como tú.
Cia solo podía sonreír. Una sonrisa pequeña que le entrecerraba los ojos, mientras sus manitas intentaban alcanzar el aire aunque no llegaran. No podía permanecer sentada erguida mucho tiempo, y mucho menos caminar, pero aquella sonrisa siempre bastaba para que el pecho de cualquiera que la viera se sintiera cálido y a la vez dolorido.
Me acerqué despacio.
—¿Llevan rato aquí?
Luca se giró y su sonrisa se ensanchó al verme.
—Solo un momento. Cia estaba inquieta dentro, así que la saqué. Quería ver las mariposas.
Me detuve a su lado y le acaricié la cabeza a Cia.
—No para de sonreír.
—Porque su papá es guapo y su mamá está preciosa embarazada como está.
Sonreí con suavidad.

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