Me senté en el rincón de la habitación, abrazando a Lucía, que se había quedado dormida después de mamar. Ya me había comido la mitad del pan y el agua que me habían dado, dejando un poco para después. Mi estómago seguía gruñendo, pero al menos ya no sentía el mareo del hambre. El tic-tac de las bombas seguía sonando afuera, como un latido que amenazaba con detenerse en cualquier momento.
Miré la ventana con barrotes de hierro. El cielo allá afuera comenzaba a cambiar de un negro profundo a un gris pálido, anunciando que el amanecer estaba cerca. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero parecía una eternidad. No podía quedarme sentada esperando a que la muerte llegara. Debía intentar escapar, por Lucía, por Matías, por mí misma.
Con cuidado, dejé a Lucía sobre un montón de trapos sucios en el rincón de la habitación. Seguía dormida, su pequeño rostro parecía tranquilo. Le susurré suavemente:
—Volveré pronto, cariño. Buscaré una salida. Espérame aquí.
Me acerqué a la puerta e intenté abrirla. Cerrada con llave, por supuesto. Miré a mi alrededor buscando algo que pudiera usar como herramienta. No había nada. Solo paredes vacías y la ventana con barrotes. Me acerqué a la ventana e intenté sacudir los barrotes. Eran fuertes, demasiado fuertes para abrirlos con las manos desnudas.
Volví a la puerta y llamé con fuerza.
—¡Oye! ¿Hay alguien ahí fuera? ¡Necesito ir al baño! ¡Por favor!
No hubo respuesta. Llamé más fuerte.
—¡Por favor! ¡De verdad necesito ir al baño!
Oí pasos pesados acercándose. La llave giró y la puerta se abrió. El hombre de la cara llena de cicatrices estaba en el umbral, mirándome con fastidio.
—¿Ahora qué? —gruñó.
Intenté calmarme, tratando de parecer tranquila.
—Necesito ir al baño. No puedo seguir aguantando aquí.
Bufó.
—No hay baño aquí. Puedes hacer tus necesidades en el rincón como un animal.
—Por favor, no puedo. Necesito agua limpia para mi bebé. Tiene sed.
El hombre suspiró y entró.
—Te daré agua, pero después te callas y no causas problemas.
Asentí, intentando esbozar una sonrisa. Se dio la vuelta para coger una botella de agua de la mesa junto a la puerta. En ese momento vi mi oportunidad. Corrí tan rápido como pude hacia la puerta abierta, esperando llegar al pasillo.


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