Me senté en la acogedora salita, sosteniendo la taza de té caliente entre mis manos, pero mi mente estaba muy lejos. Las palabras de Nathalia aún resonaban en mis oídos.
—¿Traes a tu exesposa y a la hija de otro hombre a la casa de los Vitale?
Esa frase se repetía una y otra vez en mi cabeza, apretándome el pecho. Nunca me había sentido tan pequeña. Solo era una mujer mexicana, viuda y con una bebé de otro hombre, y estaba en medio de una familia que me veía como una amenaza.
Luca se sentó frente a mí en el sofá, mirándome con preocupación.
—Camila, ¿estás bien? Te ves pálida.
Levanté la cabeza e intenté sonreír, pero la sonrisa no llegó a mis ojos.
—Estoy bien, solo cansada.
No me creyó, podía verlo en su mirada. Pero eligió no presionarme.
—Debes descansar. He preparado una habitación para ti, junto a la de Cia. Me aseguré de que todo fuera cómodo.
Asentí, pero no estaba lista para irme. Algo me inquietaba, algo que necesitaba preguntarle. Dejé la taza sobre la mesa y lo miré con seriedad.
—Quiero preguntarte algo —dije.
Se sentó de nuevo, notando la gravedad en mi rostro.
—¿Qué es?
Inhalé profundamente.

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