Me sobresalté. Los disparos fueron muy claros, muy reales y muy cercanos. Miré hacia la puerta principal del hospital y vi entrar a un grupo de hombres armados con paso firme. Vestían de negro, tenían los rostros parcialmente cubiertos con pasamontañas y sus armas apuntaban a cualquiera que osara moverse.
—¡Tutti a terra! ¡Subito! —gritó uno de ellos en italiano.
Todos se arrodillaron o se tiraron al suelo de inmediato, incluida yo. Sentí el corazón latir con fuerza, el pecho oprimido y la mente dando vueltas buscando una forma de escapar o de defenderme.
—¡Non fate movimenti bruschi! ¡Questo ospedale sarà evacuato! ¡Tienen una hora para desalojar el edificio! —gritó el hombre de nuevo. Ordenaron la evacuación del hospital en una hora y, si no lo hacían, volarían el edificio.
Intenté levantarme, intenté resistirme.
—¿¡Qué están haciendo!? ¡Esto es un hospital! ¡Hay pacientes que no pueden moverse! ¡Hay heridos!
Pero no me hicieron caso. Uno de ellos me apuntó con el arma y sentí el frío del metal contra mi frente.
—¡Cállate! ¡O mueres aquí!
—¡Soy médica! ¡No puedo abandonar a mis pacientes! —grité de nuevo, aunque sabía que era inútil.
El hombre me empujó con brusquedad y caí al suelo. Vi a los pacientes aterrorizados, a las enfermeras llorando y a los médicos tratando de calmar la situación. Pero no había nada que hacer. Eran demasiado fuertes, demasiados y demasiado armados.
De repente, otro disparo se elevó hacia el cielo. Los pacientes gritaron, algunos empezaron a correr a pesar de su estado. Vi a una enfermera mayor caer al suelo, con la mano en el pecho. Quizá la habían alcanzado, quizá había sufrido un ataque al corazón por el miedo.
Grité.
—¡Ayuda! ¡Necesita atención!
Pero nadie me escuchó. Los hombres armados comenzaron a capturar a algunas personas, entre ellas a mí. Forcejeé, tratando de soltarme, pero eran demasiado fuertes. Me arrastraron fuera del hospital, a través de un pasillo lleno de gente aterrorizada.
—¡Suéltenme! ¡No quiero irme! —grité, intentando dar patadas y morder.
Pero no les importó. Me metieron en un coche negro estacionado frente al hospital. Antes de que cerraran la puerta, miré hacia el hospital y vi algo que me heló la sangre. Varios de los hombres armados disparaban a los médicos y enfermeras que aún estaban dentro. Vi caer al Dr. Mario y oí gritos desgarradores.

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