Nuboria.
Continente del Sur.
En cuanto el avión aterrizó, Aldana condujo directamente a la base número uno.
Al llegar, la entrada estaba abarrotada de gente vestida con trajes de protección y máscaras de gas.
—Fantasma.
El director de la base, al ver que su jefa había llegado en medio de la crisis, corrió hacia ella para explicarle la situación.
—El experimento se estaba llevando a cabo siguiendo todos los protocolos, no sabemos en qué punto algo salió mal y provocó la fuga de gas…
—Ya basta —lo interrumpió Aldana mientras se ponía el traje de protección—. ¿Todos los investigadores están dentro?
—Sí —asintió el director con respeto—. Este gas es extremadamente peligroso. No pueden salir hasta que la situación esté controlada.
Además, este proyecto era de máxima prioridad para el Submundo, y ya se habían invertido miles de millones en él desde su inicio. Si se abandonaba ahora, todo el esfuerzo se habría perdido.
Por eso, los investigadores se negaban a salir. Varios de ellos ya estaban al límite de sus fuerzas, al borde de la muerte.
—¡Qué insensatez! —le espetó Aldana al director, fulminándolo con la mirada—. ¿Qué es más importante, el proyecto o la vida de las personas?
—¡Dame una máscara!
—Jefa, ¿va a entrar? —los ojos del director se abrieron de par en par por la sorpresa, y retrocedió un par de pasos, negando con la cabeza—. Está lleno de gas tóxico, sería muy peligroso para usted.
—¿Y vamos a dejarlos morir ahí dentro? —Aldana se plantó firme, con una mirada tan fría que podría congelar el aire y un tono de voz inquebrantable—. Dámela.
El director apretó los labios, sin moverse.
—Dásela —dijo Sombra, tomando una máscara y entregándosela a Aldana—. Denme un traje a mí también, entraré con ella.
—Tú quédate aquí —la detuvo Aldana. Una vez puesta la máscara, le dijo con seriedad—: Mi visita al Continente del Sur no pasará desapercibida, seguro que los otros del Submundo ya lo saben. Quédate aquí para mantener la comunicación por si pasa algo.
—Alda…
—Sí, señora.
Los doctores, conscientes del carácter de Fantasma y sabiendo que solo ella podía resolver un problema tan complejo, la siguieron obedientemente, informándola de todo de manera ordenada.
Aldana asintió y abrió la puerta del laboratorio, donde otros investigadores seguían buscando la causa del problema.
—¿Dónde están los enfermos?
—En la enfermería —respondieron, guiándola de inmediato a otra área.
Aldana los examinó y confirmó que se trataba de una intoxicación. Sufrían de fiebre alta que no bajaba y dificultad para respirar, y su estado empeoraba progresivamente.
—No podemos esperar más, hay que sacarlos de aquí para que reciban tratamiento —ordenó Aldana.
—Jefa, nosotros no… —los investigadores en las camas de la enfermería negaron con la cabeza—: Hemos fallado estrepitosamente con este experimento, le hemos fallado a usted.
Por eso, debían quedarse para averiguar qué había salido mal.

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