—¿Así de «sin querer» fue, Aldana Carrillo?
Plácido pronunció las últimas palabras entre dientes.
—¿Ah?
Aldana parpadeó y, con voz cada vez más baja, intentó explicar, o más bien, justificarse:
—Es que me pareció que su programa era excelente, y pues, aproveché y lo envié.
—¿Y qué casualidad, no? ¡Quedó en primer lugar!
—¿Que aprovechaste?
Al oír eso, Plácido casi se desmaya del susto.
Él, un profesor de computación, usaba un firewall de última generación en su computadora, ¿y una estudiante de primer año lo había vulnerado así como si nada?
—Pero...
Plácido tenía la cabeza hecha un lío. Frunció el ceño y continuó:
—Aunque hubiera participado, no habría ganado nada.
Aunque no lo dijo directamente, Aldana entendió a qué se refería.
—Ah, sobre eso.
Aldana frunció los labios y añadió:
—Parece que la evaluación anterior no fue muy justa, así que escribí una carta de denuncia a las autoridades, y cambiaron a todo el comité evaluador.
—Este nuevo comité no conocía a Boris, así que evaluaron de forma objetiva. Es normal que usted ganara.
—¿Una denuncia?
Plácido miró fijamente a la joven que tenía delante, incrédulo. No podía dar crédito a lo que oía.
¿Había vulnerado su firewall para inscribirlo y, además, había presentado una denuncia?
¿Y le había dicho que no sabía mucho de computadoras?
¿Pero de dónde había salido esta muchacha?
—Tengo que volver a clase. Profesor, vaya asimilando que ganó y, de paso, piense qué proyecto va a usar para la competencia internacional.
Aldana miró la hora y levantó la barbilla.
—No se olvide de comerse los snacks.
Dicho esto.
Sin atreverse a mirar la cara del viejito, salió corriendo y desapareció.
Plácido se quedó mudo.
Se quedó sentado en la silla, con las palabras de Aldana resonando en su cabeza.
Finalmente, lo entendió.
—Además, en realidad no llegó tarde, más bien llegó justo a tiempo...
Otros estudiantes también intervinieron, todos defendiendo a Aldana.
—¿Qué pasa? ¿Creen que la estoy acusando injustamente?
Boris, que ya estaba que echaba humo, recorrió a todos los estudiantes con una mirada fría y un tono sarcástico.
Los estudiantes apretaron los labios. Eso era lo que pensaban, pero no se atrevían a decirlo.
—¿Y no es así?
En ese momento, Aldana levantó lentamente la cabeza. Sus ojos, bajo unas pestañas espesas, eran claros y brillantes, y su voz, al replicar, sonó firme y fría.
—¿Qué?
Boris no esperaba que Aldana fuera tan audaz como para contradecirlo en público.
—Ja.
La situación le causó una risa amarga a Aldana. «Este hombre debe de estar sordo», pensó. Con una media sonrisa, le respondió sin rodeos:
—Exacto. Me está acusando injustamente.
—No llegué tarde, ¿por qué me castiga haciéndome parar afuera?
—¡No. lo. haré!
Aldana pronunció las últimas palabras con tal fuerza y convicción que dejó a todos sus compañeros boquiabiertos.

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