No había hecho nada especial. ¿Por qué el señor Lucero le aumentaba el sueldo diez veces de repente?
¡¿Acaso no estaba contento con su trabajo y quería despedirla?!
—Señor Lucero, no, no lo quiero. —Eva, asustada, agitó las manos—. Si he hecho algo mal, lo corregiré. Pero, por favor, no me despida.
—No voy a despedirte. —Una sonrisa se dibujó en el rostro de Rogelio, tan cálida como una brisa primaveral, con una ternura poco habitual en él—. Ha sido un trabajo duro cuidar de la señorita Carrillo. Esta es tu recompensa.
«¿Una recompensa?».
Eva seguía confundida, pero mientras no la despidiera, todo estaba bien.
—Gracias, señor Lucero. —Eva asintió con una sonrisa—. De ahora en adelante, cuidaré de la señorita Carrillo con aún más esmero.
—Jefe, el coche está listo.
Justo en ese momento, entró Eliseo. Apenas terminó de hablar, Rogelio añadió con voz tranquila:
—Tú e Iván también tendrán un aumento de diez veces su sueldo este mes.
«¿Cuánto?».
¡Diez veces!
Eliseo abrió los ojos de par en par y, mientras contaba con los dedos, la voz de Rogelio volvió a sonar:
—Y pueden elegir el coche que quieran, uno para cada uno.
—¿Eh?
Esta repentina e inmensa fortuna dejó a Eliseo paralizado, sin rastro de alegría en su rostro.
Aumento de sueldo y coche nuevo…
Rayos.
Esto se parecía demasiado a la última cena de un condenado.
—Jefe, ¿a qué se debe…? —Eliseo movió los labios y preguntó tartamudeando—: ¿Por qué nos da regalos de repente?
Lo más inquietante era que el jefe no dejaba de sonreír.
Daba mucho miedo.
—¿No los quieres? —replicó Rogelio, de un humor inmejorable.
—Sí los quiero —respondió Eliseo por instinto, aunque seguía desconcertado.
—Pues tómenlos. —Rogelio enarcó una ceja y dijo con voz firme—: Diles a los responsables de cada división del consorcio que este mes las bonificaciones de todos se duplicarán.
—De acuerdo.
—Señorita Carrillo…
Eliseo tragó saliva y, bajando la voz, se atrevió a decir:
—¿Podría usted… besar a nuestro jefe de vez en cuando?
Si la señorita Carrillo era constante, su enriquecimiento estaba asegurado.
—¿Qué dices? —preguntó Aldana, que estaba jugando con su celular, levantando sus largas pestañas.
—¿Qué están diciendo? —intervino Rogelio, que salía de la cocina con un vaso de jugo. Se lo entregó a Eliseo y tomó la mano de Aldana.
—Voy a por el coche.
Eliseo no se atrevió a repetirle al jefe lo que había dicho y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
—Vamos. —Rogelio apretó la mano de Aldana, y ambos subieron al coche con gran cercanía.
Durante todo el trayecto, Rogelio no dejó de sonreír, e incluso soltaba alguna que otra risita.
Aldana lo miró de reojo, frunciendo el ceño con fuerza.
¿Un par de besos lo habían afectado tanto?
¡Estaba seriamente preocupada por la salud mental de Rogelio!

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