—¿Qué?
Al oír las palabras de Sombra, la mirada de Leonardo se tornó gélida al instante.
¿Rogarle?
—Si me ruegas, te dejaré pasar —repitió Sombra.
Justo después de haber soportado el sarcasmo de Wilfredo, ahora se encontraba con Leonardo.
Perfecto, tenía con quién desquitarse.
Leonardo y Sombra tenían bastantes conflictos. Delante de Aldana, mantenían las apariencias con sonrisas falsas, pero la procesión iba por dentro.
Ahora que Aldana no estaba, ambos se quitaron las máscaras.
—Señorita Sombra, ¿estás segura? —Leonardo abrió la puerta del coche y se acercó a ella. Agarró el manillar de su motocicleta con una mano, y sus ojos oscuros brillaron con una luz fría.
—Por supuesto.
Sombra no iba a permitir que Leonardo la fastidiara una y otra vez.
«Qué tipo tan odioso».
«Un niño bonito y nada más».
—Está bien —Leonardo forzó una sonrisa, se giró ligeramente y sacó el móvil del bolsillo—. Entonces no me dejas otra opción que ir de chismoso con Aldana.
¿Ir con el chisme?
Sombra entrecerró los ojos, mirándolo con perplejidad.
—Ahora mismo voy a llevarle algo de comer a Aldana… —dijo Leonardo mientras revisaba su lista de contactos con calma, su voz clara y fría—. Tendré que decirle que no podré llegar.
¿Llevarle comida?
A Aldana, esa pequeña glotona, le importaban dos cosas por encima de todo: el dinero y la comida.
Si la hacía esperar, ¿no le echaría la culpa a ella?
—Leonardo, ¿todavía no te han destetado? —Sombra esbozó una sonrisa burlona, con una mirada de desdén—. ¡Y todavía vas con chismes!
—¡Solo dime si me vas a dejar pasar o no!
Leonardo levantó el teléfono, con la pantalla de llamada abierta, mostrando el número de Aldana.
—Tú…
Sombra quería mantener su orgullo, pero sabía que no podía ganarle una pelea a Aldana.
«Mejor lo dejo pasar».
«No vale la pena buscarse problemas con ella».
Ya encontraría otra oportunidad para darle su merecido a Leonardo.
—No tienes que estar tan tensa —dijo Wilfredo con una sonrisa amable—. Puedes verme como… un amigo.
No se atrevía a decir «como un hermano».
Si se hacía realidad, sería su fin.
Inés soltó una risita nerviosa, sin atreverse a decir ninguna imprudencia.
Conversaron de forma esporádica.
Cuando por fin llegaron a su casa, Inés, después de darle las gracias, tomó su bolso y salió corriendo.
Solo al llegar a casa se atrevió a respirar hondo de nuevo.
—Inés, ¿qué te pasa? —preguntó Serena, saliendo de su habitación—. ¿No ibas con Alda a la fiesta de cumpleaños del señor Lucero?
»Me pareció ver el coche del señor Zavala abajo, ¿te trajo él?
—Sí —asintió Inés dócilmente, y bebió un vaso de agua de un trago—. Estar sentada a su lado fue una tortura.
—¿Por qué? —preguntó Serena, confundida.
—Es que… —Inés tomó otro sorbo de agua, intentando calmarse, y soltó de sopetón—: se parece muchísimo a mi profesor jefe.
Su profesor jefe era muy estricto, pero también muy responsable.

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