¿Inés? ¿Aldana?
No solo él y su padre, sino también Clara y su madre estaban implicados en un caso de «contratación de sicarios para cometer un asesinato».
Todo era una coincidencia aterradora.
Cristián miró a ambas y sintió que algo en su cabeza se rompía.
—Inés, ¿qué pretendes? —le espetó David a Inés, señalándola.
—Señor Palma, por favor, cálmese —dijo un agente, sujetando al alterado David—. Tiene mucho que explicar, será mejor que guarde energías.
«¿Mucho que explicar?», pensó David.
La cabeza de David zumbaba y un miedo indescriptible se apoderó de él.
«¿No habrán descubierto lo de antes?», se preguntó.
—No diré nada hasta que llegue mi abogado —declaró David, nervioso.
—No se preocupe, le daremos tiempo para llamar a su abogado —respondió el oficial, sin prisas.
En un solo día, habían surgido varios casos importantes, que además estaban relacionados con casos antiguos. Y los sospechosos eran de la prestigiosa familia Palma.
Si se confirmaba que habían infringido la ley penal, los agentes encargados del caso podían ir preparándose para un ascenso.
Cristián se quedó sin palabras.
Cristián dio dos pasos hacia adelante, con la mirada fija en Inés y las manos apretadas en puños.
¡Les habían tendido una trampa!
¡Inés les había tendido una trampa y los había visto caer en ella!
«No», pensó.
Cristián reaccionó rápidamente. Su mirada pasó de Inés a Aldana, que observaba la escena con total tranquilidad.
Por lo que conocía a Inés, ella no tendría el valor para planear algo así.
«¡Aldana! ¡Fue ella!», concluyó.
Aldana también lo miraba, con unos ojos profundos que helaban la sangre.
—Aldana, ¿qué demonios pretendes? —preguntó Cristián, con la voz temblorosa por el pánico que de repente lo invadió.
Inés asintió y se sentó obedientemente junto a Aldana, esperando el resultado del interrogatorio.
En la sala de interrogatorios.
Cristián y David fueron llevados a habitaciones separadas para ser interrogados.
Al principio, ambos lo negaron todo y se defendieron con vehemencia.
Hasta que la policía presentó las pruebas.
No solo tenían los mensajes de texto en los que contactaban al asesino, sino también la grabación de la llamada telefónica que hicieron durante el ataque.
—Señor Cristián, ¿tiene algo más que decir en su defensa? —preguntó el oficial.
—Cómo es posible…
Cristián miró las pruebas con incredulidad. Estaba seguro de haber sido muy cuidadoso, de haber borrado todo después de cada comunicación.
Para evitar cualquier imprevisto, había contratado a un hacker para que formateara el dispositivo.
Le habían asegurado que solo los mejores hackers del mundo podrían recuperar la información.

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