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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1994

«...»

Darío estaba sentado en el sofá y Lourdes sentada en su regazo.

Todo el movimiento había sido sumamente cuidadoso para asegurarse de no rozarle el vientre.

—¿Estás bien?

Lourdes temía que volviera a desmayarse; sus ojos brillaban de preocupación mientras le preguntaba.

—Estoy bien.

Darío rodeaba la cintura de Lourdes con sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro y aspirando con fuerza su dulce aroma: —Solo me da un poco de vueltas la cabeza, siento las piernas débiles y mi corazón late un poco rápido.

«...»

Lourdes pensó que aquello era mitad verdad, mitad mentira.

Seguramente se sentía mal, pero no era para tanto.

Darío era como un zorro astuto; tenía más trucos sucios que cabellos en la cabeza.

—Lourdi, lo que estaba en el cajón...

—Lo tengo yo. —Lourdes lo interrumpió con un tono sereno—: Zenón me lo ha contado todo.

—¿Todo?

Darío tragó saliva, sus ojos destilaban culpa.

—¡Absolutamente todo!

Lourdes alzó la mirada, fijándola en los ojos del hombre, y abrió sus labios pintados: —Darío, ¿qué he hecho yo para merecer que hagas todo esto?

—Lo vales todo. —La manzana de Adán de Darío subió y bajó; su voz sonaba áspera—: Lourdi, aquel día yo quería acabar con mi vida.

—¿Qué? —Lourdes se sorprendió. Eso no se lo había contado Zenón.

—Si tú no hubieras aparecido, probablemente ya estaría muerto.

Darío se acercó más a ella; sus ojos estaban inyectados en sangre, llenos de un dolor profundo y devoto: —Aparte de mi abuelo, tú eres la única calidez que he conocido en este mundo.

—Tú me diste una razón para seguir, por eso estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por ti.

—¿Incluso despejarnos el camino a Aris y a mí? —La garganta de Lourdes se resecó y los ojos le escocían tanto que casi no podía abrirlos.

¿Qué se sentiría ayudar a la persona que amas para que sea feliz con otro hombre?

—Estabas feliz a su lado. —Darío no lo negó, una leve sonrisa asomó a sus labios—. Mientras tú seas feliz, con eso me basta.

—Incluso si ahora mismo yo siguiera amando a Aris y no sintiera nada por ti, ¿tampoco te importaría? —Lourdes lo miró fijamente.

—¿Acaso no sientes nada por mí? —Darío le apretó suavemente la mano; la sonrisa en sus labios se hizo más amplia y su tono fue categórico—: Lourdi, te gusto, ¿verdad?

Le gustaba.

Le gustaba mucho.

—Lourdi, ya dije todo lo que tenía que decir. —Al verla callada, Darío habló en voz baja, sintiéndose sumamente inseguro.

Esta era su última carta; si Lourdes no lo perdonaba ahora...

—Ah.

Lourdes se humedeció los labios secos, con el rostro impasible: —Si ya terminaste, vamos a comer, que la comida se está enfriando.

¿Comer?

Había soltado el discurso de su vida, ¿y no le daba ninguna reacción?

¿Acaso iba a perdonarlo?

Pero bueno, si lo dejaba quedarse a comer, significaba que no estaba tan furiosa, ¿verdad?

Darío se levantó obedientemente, se sentó a la mesa y, por pura costumbre, empezó a pelarle los camarones.

Lourdes le lanzó una mirada; en el dorso de su mano aún se veían los moretones de las vías intravenosas: —No es necesario, cómete lo tuyo.

—Los camarones te van a pinchar... —Darío frunció los labios. A ella le encantaban los camarones, pero odiaba pelarlos; él siempre lo hacía por ella.

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