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LECCIONES DE MEDIANOCHE CON EL CEO romance Capítulo 4

Capítulo 4: El precio de la inocencia

—¿No te sientes importante ahora, Daisy? Te compró un hombre rico. Ahora… me perteneces.

Las palabras cayeron como plomo derretido sobre su piel. No era solo el significado. Era el tono. La certeza absoluta de que, para él, aquello no era una metáfora, ni un juego retorcido de poder.

Era un hecho. Una transacción cerrada. Ella, reducida a un objeto con precio y dueño.

Sin pensar.

Sin respirar.

Su mano voló antes de que su mente pudiera alcanzarla.

El rostro de Cassian giró por el impacto, pero no se tocó el golpe. Lentamente, muy lentamente, volvió el rostro hacia ella y entonces Daisy lo vio.

No había furia en sus ojos.

Ni sorpresa.

Solo una calma helada, tan absoluta que hizo que el aire a su alrededor se enfriara varios grados.

—¡Eres un... un imbécil! ¡Te voy a denunciar! ¡No soy un pedazo de carne, ¿oíste?! ¡No estoy en venta!

Cassian siguió guardando silencio y de repente chasqueó los dedos. Los mismos guardaespaldas aparecieron, esta vez para sostenerla de los brazos.

—¿Qué? ¿Qué van a hacer? ¡Suéltenme!

Los hombres comenzaron a moverse.

—¡Auxilio! ¡Auxilio!

Daisy forcejeó inútilmente con los guardaespaldas que ya la llevaban en dirección al Aston Martin, pero justo antes de que la metieran, él hizo un gesto y los hombres la soltaron.

Ella lo miró con ganas de apuñalarlo, pero él se acercó sin inmutarse por su enojo.

—¿Quieres salvar a tu madre o no? Tu padre no volverá a mover un dedo por ti —continuó él, acortando la distancia hasta que ella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Si haces lo que digo, tu madre será operada mañana mismo: los mejores médicos, el mejor equipo. Pero si te niegas… mañana ni siquiera tendrá una cama donde morir.

El silencio que siguió fue desgarrador.

Una vez más estaba sin salida y, sin poder controlarlo, sus hombros empezaron a temblar violentamente.

No hubo más insultos ni maldiciones; estaba atrapada.

Y en ese instante, Cassian supo, con una oscura satisfacción, que ella se había rendido, porque la desesperación es la mejor arma de los contratos.

Una vez en el auto, empezó el interrogatorio.

—¿Cuántos años tienes?

—Vein… veinte… —susurró ella, encogiéndose en el asiento de cuero.

—¿De verdad veinte? ¿Estás en la universidad… o?

Daisy negó con la cabeza, conteniendo un sollozo. Y con nervios, le explicó cómo la enfermedad de su madre le había robado el futuro, su oportunidad de un buen trabajo y su paz.

Cassian escuchó en silencio y, de repente, sin saber por qué, extendió la mano, la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo.

—Yo puedo cumplir todos tus sueños, Daisy... Todos y cada uno de ellos.

Daisy intentó apartar la vista, pero los dedos de Cassian, firmes y gélidos, se lo impidieron. Su corazón martilleaba contra sus costillas con tanta fuerza que temió que él pudiera escucharlo, y sus manos, pequeñas y pálidas, se aferraron a la tela de su vestido, arrugándola hasta que sus nudillos se tornaron blancos.

No hacía falta que él lo dijera en voz alta.

El brillo posesivo en sus ojos, la forma en que su pulgar acariciaba su mandíbula como si estuviera tasando una propiedad valiosa, lo decía todo. Él no estaba ofreciendo caridad; estaba ofreciendo un contrato.

Tragó saliva, sintiendo un nudo de pánico en la garganta.

—Pero... usted... usted querrá algo a cambio, ¿verdad? —susurró, mordiéndose el labio.

Capítulo 4: El precio de la inocencia 1

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