Vicente se puso de pie, con la incredulidad y la sospecha marcadas en cada línea de su rostro.
Su expresión decía a gritos: Clara, ¿qué clase de teatrito estás montando ahora?
El corazón de Clara dio un vuelco.
Con razón en todas partes decían que el ambiente y la presencia lo eran todo.
Ese magnate vestido con un traje a la medida.
Esa oficina lujosa, fría e imponente.
Ese rostro y esa presencia gritaban «jefe todopoderoso» por donde se le mirara.
Era evidente que no cualquiera podía ser el protagonista de la historia.
—Ayer Silvia lloró mucho... —Como no podía decirle que había ido a su oficina buscando provocar una pelea, Clara se inventó la primera excusa que le vino a la mente—. Así que vine a preguntarte cómo está Andrés. Y como era la hora de la comida, aproveché para traerte algo. Una cosa por otra.
Una cosa por otra.
Vicente arqueó una ceja, comprendiendo el doble sentido.
Bajó la mirada y vio los recipientes térmicos que Clara iba sacando uno por uno.
El movimiento de sus manos, que ya estaban listas para remangarse la camisa, se detuvo en seco.
—Clara, lo hiciste a propósito, ¿verdad?
Clara parpadeó y fingió una expresión de perfecta inocencia.
—¿Qué... qué pasa?
Res con cilantro.
Rollos de carne Teriyaki con cebolla.
Pescado a la plancha lleno de espinas.
Incluso el arroz era una mezcla de granos oscuros e integrales, el típico plato saludable para mantener esos abdominales marcados.
A simple vista, la comida se veía deliciosa y bien balanceada.
Pero la res estaba plagada de cilantro y, para colmo, tenía picante.
Los rollos de carne estaban atiborrados de cebolla.
El pescado era un fastidio de comer por las espinas.
Y además, él detestaba el arroz integral.
Clara sostuvo la mirada oscura y penetrante que Vicente le lanzó.
Sus ojos brillaron con picardía.
¡Sí, así mero! ¡Sigue así!
Dime que lo hice a propósito para arruinarte la comida, que solo usé la excusa de traerte de comer para venir a vigilarte y buscar problemas.
¡Y luego ábreme la puerta y lárgame de aquí!
Así podré hacer mi rabieta, ponerme como loca con toda la justificación del mundo, y hacer que Julián me escolte al elevador temblando de miedo.
¡Con eso completo mi misión del día!
Dilo, Vicente, ¡dilo ya...!
Clara lo miraba fijamente, llena de expectativa.
Vicente se llevó las manos a la cintura. Después de un largo momento, soltó un suspiro de rendición.
—¿Tú ya comiste?
¿Eh?
Clara parpadeó, desconcertada.

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