Él no se atrevería...
Apenas surgió el pensamiento.
Escuchó la voz de Vicente Velasco decir:
—Te traje un regalo, está en el vestidor.
¿Un regalo?
Clara se quedó paralizada.
Oye, genio, ¿acaso olvidaste que nos estamos divorciando?
No pudo evitar rebuscar en sus recuerdos pasados para ver si había algún precedente en el que Vicente trajera regalos de sus viajes de negocios.
Luego pensó que, conociendo cómo gastaba un magnate como él, el regalo no bajaría del millón.
Clara salió corriendo del ascensor, incapaz de contener la curiosidad.
Y ahí fue cuando vio a la hermosa y elegante mujer sentada en el sofá de la sala.
La suave sonrisa de Gabriela se desvaneció en el instante en que vio a Clara. Se enderezó, adoptando una postura arrogante y dominante.
—Clara, eres una simple ama de casa. Sin carrera, sin trabajo... ¿en qué se supone que estás tan ocupada todo el día?
Había llamado temprano en la mañana y la señora Lana le había dicho que Clara aún no despertaba.
Para cuando llegó a toda prisa, Clara ya había salido.
Ahora, al verla de nuevo, la molestia original de Gabriela se multiplicó por mil.
—Vine a avisarte —continuó Gabriela con desdén—. Me llevaré a Andrés y a Silvia a la casa familiar antigua.
Dicho esto, se puso de pie y le ordenó a la señora Lana:
—No hace falta que empaques nada. ¡Nos vamos ahora mismo!
¿Quería llevarse a sus hijos?
—¡No lo permito! —se interpuso Clara, firme—. ¡No dejaré que nadie se los lleve!
Tras decir eso, Clara fulminó con la mirada a la señora Lana y a las empleadas.
—¡A ver quién se atreve!
—Tú...
Gabriela sintió que le palpitaba la sien por el coraje.
En ese momento, Clara vio a Silvia asomando la cabeza desde la habitación de los niños. De inmediato sonrió y la tranquilizó:

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