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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 28

Sentado en la cabecera de la mesa, Tomás Velasco lucía un semblante severo.

Vicente, actuando como si no notara la tensión, se dedicaba a quitarle cuidadosamente las espinas a un trozo de pescado para luego ponerlo en el plato de su hijo Andrés.

Padre e hijo comían en silencio; los dos compartían la misma expresión fría e inquebrantable.

Esto solo hizo que la furia de Tomás creciera.

Justo cuando estaba a punto de explotar, su esposa, Gabriela Gómez, deslizó suavemente un tazón de sopa hacia él.

—Toma un poco de sopa...

Esperó pacientemente hasta que terminaron de cenar y las empleadas se llevaron a Andrés. Fue entonces cuando Tomás fijó su mirada furiosa en Vicente.

—Por culpa de esa mujer estúpida y malvada, ¿cuántas veces más va a tener que salir nuestra familia en los titulares de chismes?

—¿Acaso la familia Velasco le tiene miedo a salir en las noticias? —respondió Vicente con calma.

Esa sola frase hizo que el rostro de Tomás palideciera de coraje.

Las revistas de chismes de la alta sociedad siempre hablaban de ellos. Con tantos miembros en la familia Velasco, los escándalos nunca faltaban.

Si lo analizaban bien, Clara era de las que menos problemas daba.

Incluso él mismo, en su juventud, había protagonizado incidentes mucho más escandalosos que cualquier cosa que Clara hubiera hecho.

Por eso el patriarca de la familia había decidido saltárselo a él y dejarle directamente el control del imperio Velasco a Vicente.

Tomás lo fulminó con la mirada.

Vicente se mantuvo imperturbable.

Sin más opciones, Tomás tuvo que recurrir al estado de salud de la abuela:

—Tu abuela piensa exactamente lo mismo.

Solo al mencionar eso, el rostro de Vicente mostró una pizca de emoción.

—... Entendido.

Al ver que Vicente se levantaba para irse, Tomás advirtió con voz grave:

—Recuerda que firmaron un acuerdo prenupcial. Cuando te divorcies, no vayas a perder la cabeza. ¡No le des ni un centavo más de lo acordado! Todo ese dinero es...

Las palabras se cortaron cuando Vicente le lanzó una mirada penetrante.

Sus ojos oscuros parecían un océano a punto de desatar una tormenta.

Tomás se quedó callado.

Vicente sonrió con frialdad.

—Te agradecería que no te metieras en mis asuntos matrimoniales.

—Tú...

Quería insultarlo, llamarlo hijo malagradecido, pero sabía perfectamente que ya no tenía ninguna autoridad sobre él.

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