El enorme cuarto infantil tenía la zona para dormir de un lado, y del otro, junto a unos grandes ventanales, estaba el área de juegos.
Cuando Clara entró, Andrés y Silvia estaban sentados en la alfombra armando Legos.
—¡Mamá!
Apenas la vio, a Silvia se le iluminaron los ojos y sonrió.
Andrés la miró con indiferencia y bajó la cabeza para seguir con sus bloques.
Clara se acercó, se puso en cuclillas junto a la alfombra y le dio un golpecito en la mejilla fría a Andrés.
—¡Vamos, chamaco, te voy a llevar al parque de diversiones!
¿Qué?
Andrés ya había decidido que la iba a ignorar.
Y que la observaría en secreto para descubrir qué tramaba.
Pero aun así, se sorprendió al escucharla.
Cuando reaccionó, respondió fríamente.
—¡No quiero!
—¡Cobarde! —Clara lo miró entrecerrando los ojos—. ¿No será que... no te atreves a ir? ¿Te da miedo que la rueda de la fortuna esté muy alta, o que la montaña rusa vaya muy rápido? ¿O... te da miedo que te deje abandonado?
¡Híjole!
—¡No tengo miedo! —exclamó Andrés, elevando la voz de puro coraje—. ¡Con los guardaespaldas ahí, no voy a caer en la trampa de una mujer mala como tú!
—¡Pues vámonos!
Clara se levantó y le hizo un gesto retador con la barbilla.
Si iba a actuar, lo iba a hacer bien.
Ya le había dicho a Vicente que primero se llevaría a Silvia y luego a Andrés, para que cada uno experimentara lo que era ser hijo único.
Así que hoy era el turno de Andrés.
Andrés hizo un berrinche al darse cuenta de que había caído en la provocación.
Pero Silvia le había contado que la rueda de la fortuna llegaba tan alto que si estiraba la mano podría tocar las nubes.
Y que cuando la montaña rusa salía del túnel, se veía un arcoíris precioso.
Y también estaba la enorme ballena blanca, que era su favorita...
La niñera lo tomó de la mano para ir a cambiarlo. Al mirarse en el espejo, con sus pantaloncitos cortos, su playera y los ojos brillantes de emoción, casi no se reconoció.
Se apuró a apretar los labios para poner cara seria.
Al salir del vestidor y abrir la puerta, escuchó la risa cantarina de Silvia.
Clara estaba sentada en el sillón, sosteniendo a Silvia en sus pies mientras la subía y la bajaba.
Como un subibaja humano.
De reojo vio que Andrés ya estaba listo, así que se detuvo, abrazó a Silvia y le tocó la punta de la nariz.

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