Clara entró a la cocina radiante de felicidad.
Cuando volvió a salir, tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando.
Mauricio seguía deshaciéndose en halagos hacia los planes del Grupo Velasco para el Lote 3. Vicente vio cómo Clara subía las escaleras cubriéndose el rostro, y no escuchó ni una sola palabra de lo que decía su suegro.
—Señor Mauricio, acabo de recordar que tengo algo que decirle a Clara...
Vicente se levantó y subió al segundo piso.
La habitación principal era la de Clara; él solo había entrado allí una vez, el día de su boda.
Habían pasado tantos años, y el lugar seguía exactamente igual.
En el instante en que cruzó la puerta, Vicente casi sintió que volvía a aquel día.
Pero al ver a Clara de pie frente a la ventana, con las lágrimas rodando por sus mejillas, regresó a la realidad.
—¿Qué pasa?
Como ella no había notado su presencia, se sobresaltó, lo miró de reojo y se secó las lágrimas rápidamente, dándole la espalda.
—Nada. Tú...
—¡Clara! —Vicente le sostuvo el rostro y, levantando la mano, le limpió las lágrimas que quedaban—. No olvides que aún no nos hemos divorciado y sigues siendo mi esposa. E incluso si nos separamos, seguirás siendo la madre de mis hijos. Pase lo que pase, siempre tendré motivos para protegerte.
Era exactamente lo mismo que le había dicho Mauricio.
Las lágrimas que Clara a duras penas había logrado contener, volvieron a brotar con más fuerza.
Fue en este regreso a casa cuando se dio cuenta de que su padre ya tenía el cabello blanco.
En el pasado, Clara era impulsiva y su padre, de carácter explosivo y poco tacto; no podían cruzar más de dos palabras sin terminar discutiendo.
Cada pelea terminaba con Yolanda interviniendo para calmar las aguas y Mauricio yéndose furioso.
Esta vez, al volver a vivir con ellos y charlar con su madre, Clara descubrió la verdad: su padre tenía miedo de que si él no cedía, ella terminaría marchándose de nuevo.
Camilo se estaba encargando del mercado en el extranjero, por lo que todo el peso de la empresa recaía sobre los hombros de Mauricio. En la alta sociedad de Valle Dorado, eran pocos los hombres de más de cincuenta años que seguían trabajando al pie del cañón todos los días.
Pero si Mauricio no iba a la oficina, lo único que le quedaba era quedarse en casa pescando o escribiendo; y mientras escribía, irremediablemente recordaba cuando le enseñaba a escribir a Selena, pensando en que, en ese mismo momento, su verdadera hija estaba sufriendo en un orfanato.
Se le llenaban los ojos de lágrimas y pasaba días enteros deprimido.

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