Iba a prepararme para dormir cuando Liam llegó. Era demasiado tarde para una visita normal.
Solo con verle la cara supe que algo iba mal.
—¿Qué pasa? —pregunté, incorporándome en la cama.
Liam cerró la puerta detrás de él.
—Ha habido un problema en la frontera norte. Alexander fue a encargarse.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué clase de problema?
—Renegados. Un grupo tomó una propiedad en la frontera. Cuando los guerreros de Ashclaw fueron a sacarlos, se puso feo. Alexander tuvo que ir él mismo… y un explorador acaba de volver. Dice que hay pelea fuerte ahora mismo.
—¿Alexander está bien? —me salió demasiado rápido, demasiado agudo. Lo odié. Pero no pude evitarlo.
Algo dentro de mí se encogió con violencia ante la idea.
Liam dudó.
—No lo sé. No hemos tenido noticias desde que salió esta mañana.
—¿Esta mañana?
El cuarto se me hizo pequeño de golpe.
Mi corazón empezó a golpear fuerte, desordenado. Como si mi cuerpo entero ya hubiera decidido lo mismo: ir hacia él.
Alexander estaba en peligro. Luchando. Tal vez herido. Tal vez peor.
Me quité las mantas de un tirón y bajé de la cama.
—Ella, ¿qué haces? —susurró Liam.
—Me voy —dije—. Tengo que saber qué está pasando.
—¡No puedes! Sigues enferma...
No lo escuché.
El pánico me nubló por completo.
Todo lo que veía en mi cabeza era a Alexander desangrándose en algún lugar del bosque.
Me arrancé la vía del brazo. Ni siquiera sentí el dolor.
—¡Ella, para! —Liam intentó agarrarme, pero me solté.
Mis pies descalzos golpearon el suelo frío.
Y salí corriendo.

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