Alexander parpadeó y, poco a poco, la expresión extraña de su rostro desapareció. Me dedicó una sonrisa débil, aunque seguía viéndose pálido y demacrado, como si no hubiera pegado el ojo en toda la noche.
—Buenos días —dijo—. ¿Desayunamos?
Miré la mesa, pero después de la forma en que había mirado a Lucien, algo dentro de mí me pedía mantener las distancias.
Pensé rápido.
—En realidad, había planeado ir esta mañana a la nueva cabaña familiar de Anya para probarme el vestido de novia. Pensaba llevarme a Lucien.
—Ah...
Alexander pareció entender perfectamente lo que estaba haciendo.
—Cierto. Probablemente sea una buena idea.
Asentí y me di la vuelta. Me detuve en el pasillo para ponerme algo más abrigado y asegurarme de que Lucien también estuviera bien protegido del frío. Poco después, caminaba hacia la pequeña y acogedora cabaña que se encontraba en uno de los extremos de los terrenos de la finca.
Una fina columna de humo salía de la chimenea y, antes de llegar a la puerta, ya podía escuchar risas en el interior.
Entré sin llamar y enseguida me envolvió el delicioso aroma a café recién hecho y rollos de canela.
—¡Ella! —Anya salió corriendo a recibirme y me abrazó con fuerza—. ¡Llegaste justo a tiempo! Entra y come un rollo de canela. Los preparó mi papá.
Sonreí y la seguí hasta la cocina, donde encontré a sus padres y a su hermano sentados alrededor de la mesa. Apenas interrumpieron su conversación para saludarme. Simplemente me sirvieron café y comida, como si llevara toda la vida formando parte de aquella familia.
La madre de Anya tomó a Lucien en brazos, lo sentó sobre sus piernas y, para su evidente felicidad, dejó que lamiera un poco del glaseado de su dedo.
Durante aquellos minutos, todo se sintió normal.
Desayunamos, conversamos sobre cosas cotidianas y, por un rato, nadie mencionó maldiciones, conspiraciones ni asuntos de vida o muerte. Solo éramos una familia compartiendo el desayuno.
Después, Anya me llevó a su habitación, que todavía estaba a medio decorar, y sacó mi vestido de novia, aún sin terminar.
Me lo puse y me quedé frente al espejo, girando lentamente para admirarlo.
—Me queda como un guante, Anya —exclamé mientras veía cómo la seda se ajustaba a mi cintura y caía perfectamente sobre mis caderas—. Y es precioso. Exactamente lo que quería.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Gracias.
Anya sonrió, satisfecha con su trabajo.
—Creo que todavía quiero hacerle algunos ajustes. Y, por supuesto, ni siquiera he empezado a colocar las cuentas —dijo mientras me ayudaba a quitármelo—. Todavía falta bastante para terminarlo, pero me alegra muchísimo que te quede bien.
—Podría ponérmelo tal como está y seguiría encantándome.
Anya sonrió, pero enseguida inclinó la cabeza, y su expresión se volvió más seria.

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