—Sophia nunca quiso hacerle daño a nadie —añadió su padre—. En el fondo es una buena chica. Tú lo sabes. Piensa en la niña con la que creciste siendo amigo...
—Dejó morir a mi esposa, John. Tuvo a nuestro hijo en brazos y dejó que su madre muriera cuando tenía todos los medios para salvarla.
Le lancé una mirada fulminante.
John apretó los labios con tanta fuerza que se oyó un pequeño chasquido. Helen, por su parte, comenzó a retorcerse las manos con aún más nerviosismo.
—Tiene razón, John —intervino ella, adulándolo—. Lo que hizo Sophia fue terrible. Deberíamos considerarnos afortunados si el Alfa Alexander está dispuesto a ofrecernos siquiera una oportunidad.
John vaciló unos segundos antes de asentir.
—Muy bien. ¿Cuál es tu propuesta?
Respiré hondo.
—Como saben, mi buen amigo, el Alfa Liam, está en coma. Su estado es grave y podría incluso morir.
—Qué tragedia —susurró Helen, aferrándose al collar de perlas con dedos temblorosos—. Es un buen hombre y ha servido fielmente al Consejo de Alfas.
—En efecto.
Contemplé sus dos rostros aduladores y reprimí el impulso de estrangularlos allí mismo.
—Por eso quiero organizar una gala benéfica en su honor. Quiero que ustedes sean los anfitriones aquí, en su finca, y que todas las ganancias se donen a la Fundación Territorial contra el Cáncer. A cambio, yo...
Odiaba tener que decirlo, pero finalmente lo hice.
—Consideraré reducir seis meses la sentencia de su hija.
—¿Seis meses? —John frunció ligeramente el ceño—. ¿Por organizar una gala benéfica?
—Sí.
Entrelacé las manos sobre la rodilla.
—Sé que pueden hacerlo. Quiero que esté organizada en las próximas cuarenta y ocho horas y que se aseguren de que asista toda persona de importancia en los territorios.
John y Helen intercambiaron una mirada confundida. Sabía que mi petición podía parecerles absurda, así que añadí:

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