Perspectiva de Ella
—Está bien disfrutar de cosas así, ¿sabes? Está bien ser feliz, incluso cuando sientes que no tienes derecho a serlo.
Anya, perspicaz como siempre, me observó por encima de la montaña de muestras de tela y cestas llenas de cuentas. Sus ojos se encontraron con los míos y en ellos vi la misma esperanza y alegría que yo tanto deseaba poder sentir.
—¿Tan obvio es?
Suspiré y dejé a un lado el retazo de tela color crema que había estado acariciando entre los dedos, colocándolo en la pila de los descartados. Era demasiado áspero para mi gusto.
Anya inclinó la cabeza y tomó otro retazo, esta vez de seda color champán.
—Te ves triste. Atormentada. No te pareces en nada a la novia radiante que estás a punto de ser.
Ojalá pudiera decirle qué era exactamente lo que me atormentaba. Ojalá pudiera contarle sobre la maldición, sobre la enfermedad de Alexander, sobre el coma de Liam, provocado por mí. Quería contárselo todo. Quería poder abrirme con ella y encontrar consuelo en una amiga.
Pero no podía. Y si pudiera hacerlo… bueno, entonces no tendría motivos para estar triste, ¿verdad?
La noche anterior, Julie había venido a examinarnos y nos había revelado que la maldición se estaba manifestando como tuberculosis en Alexander. Desde entonces, no había pegado ojo.
El agotamiento seguramente no ayudaba, pero el sueño se negaba a llegar por más que lo intentara. Ni siquiera el consuelo familiar de los brazos de Alexander había sido suficiente para calmar mis nervios destrozados.
Mucho menos cuando escuchaba aquel horrible estertor cada vez que respiraba profundamente mientras dormía.
Hasta me daba miedo cerrar los ojos por un instante, aterrada de que, cuando volviera a abrirlos, él hubiera dejado de respirar.
En ese momento, Alexander estaba en el consultorio médico para que revisaran sus síntomas. Antes de irse, me había asegurado que de verdad se sentía bien, pero eso no consiguió tranquilizarme. No había manera de saber cuánto había avanzado ya la enfermedad. Tampoco sabía si su lobo, llegado el momento, lo sumiría en un estado de letargo para mantenerlo con vida, tal como había ocurrido con Liam.
Al menos sabía que la maldición no iba a hacer que lo atropellara un camión o algo por el estilo. Al parecer, una vez que la maldición elegía la forma en que se manifestaría, esa decisión quedaba sellada.
No es que eso impidiera que el destino se lo llevara de alguna otra manera.
Pero algo era algo, ¿no?

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