Solo cuando la enfermera salió de la habitación, Alexander se volvió hacia mí. Sus labios se entreabrieron, como si quisiera decir algo, pero ninguna palabra llegó a salir.
Y al ver el dolor reflejado en aquellos ojos verdes, sentí cómo los últimos restos de mi determinación empezaban a desmoronarse. Me había repetido que mantendría la distancia con él, que no podía volver a dejarme arrastrar por lo que sentía. Pero en ese momento, viendo a Alexander frente a mí, luchando con sus propias emociones mientras Liam permanecía inconsciente en aquella cama, todo mi autocontrol desapareció.
No pensé.
Simplemente me acerqué a él y lo abracé con un sollozo ahogado. Enterré el rostro contra su pecho y dejé que las lágrimas que había estado conteniendo durante tanto tiempo finalmente cayeran.
Al principio, Alexander permaneció inmóvil. No sentí que me correspondiera el abrazo, pero no me importó. Estaba demasiado destrozada para pensar en nada más. Sin embargo, después de unos instantes que no supe cuánto duraron, sus brazos finalmente me rodearon y me acercaron a él. Me dejé sostener por su calor, por su aroma, por esa fuerza que tantas veces había buscado y que, a pesar de todo, seguía encontrando en él.
Durante aquellos breves momentos dejé de luchar contra mi propia naturaleza. Permití que mi loba se acercara, que el vínculo de pareja despertara entre nosotros y que aquel hilo invisible que nos unía enviara un pulso hacia él. Alexander no respondió, pero tampoco rechazó la conexión. No intentó romperla.
Cuando finalmente me aparté, mis ojos estaban rojos e hinchados por las lágrimas, y la camisa de Alexander había quedado marcada por haber llorado contra su pecho. Él me observó en silencio durante unos segundos; su garganta se movió con dificultad antes de soltarme lentamente y dar un paso atrás.
—No podemos seguir haciendo esto —susurró, pasándose una mano por el cabello y dejándolo todavía más despeinado.
—Lo sé.
Negó ligeramente con la cabeza.
—No. No estoy seguro de que realmente lo sepas.
La forma en que me miró hizo que mi pecho se apretara.
—Sigo intentando decir las palabras para rechazarte. Para cortar el vínculo. Pero no puedo hacerlo. Es como si... como si hubiera algo entre nosotros mucho más profundo que el vínculo de pareja. Maldita sea, incluso estoy pensando en romper mi matrimonio por contrato con Anya para estar contigo.
Soltó una risa amarga y negó con la cabeza.
—Siento que estoy perdiendo la cabeza.
Si tan solo supiera la verdad.
—Ahora estoy seguro de que hay algo que no me estás contando —murmuró.
Entonces metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño arete de botón. Era del mismo tipo que yo siempre llevaba.
Contuve la respiración y llevé la mano a mi oreja por instinto. Fue entonces cuando me di cuenta de que mi arete derecho había desaparecido.


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