El rostro de Lilith cambió por completo.
—¿Qué estás diciendo?
Tomé una respiración temblorosa antes de responder.
—Creo que… cuando Anya se convierta en la Luna de Alexander, debería irme.
—Ella, no hablas en serio.
—Anya será una buena Luna.
Bajé la mirada mientras mis dedos jugueteaban distraídamente con la colcha.
—Es amable, paciente y cariñosa. También será buena con Lucien. Ella misma dijo que lo considera parte de su familia, y la familia siempre ha sido lo más importante para ella. No tendría que preocuparme por él.
Lilith no respondió de inmediato. Se limitó a observarme con los ojos muy abiertos, como si intentara comprender cómo podía estar tomando una decisión tan dolorosa con tanta calma.
Tragué con dificultad, intentando contener las lágrimas que amenazaban con volver a caer.
—Si me quedo, solo voy a seguir haciéndome daño —continué en voz baja—. Tendré que ver a Alexander con su nueva esposa, ver cómo algún día mi hijo llama “mamá” a otra mujer… Poco a poco terminará destruyéndome, y podría cometer un error.
Bajé aún más la voz.
—Podría terminar diciéndole la verdad a alguien. Podría dejar que el resentimiento me consuma, perder el control y llegar al punto de confesárselo al propio Alexander.
El silencio de Lilith fue más doloroso que cualquier reproche.
Finalmente, susurró:
—Entonces, ¿preferirías abandonar a tu hijo?
—No lo estoy abandonando.
Negué rápidamente con la cabeza.
—Yo… seguiré cuidándolo desde lejos. Buscaré algún trabajo en el pueblo, quizá. Algo que me permita estar lo bastante cerca para verlo crecer, pero lo suficientemente lejos como para no caer en la tentación de formar parte de su vida otra vez.
Mi voz se quebró.
—Él nunca sabrá quién soy realmente, pero al menos yo sabré que está bien. Que es querido. Que alguien lo está cuidando.
Un largo silencio cayó entre nosotras.
Desde abajo llegaban todavía los sonidos de la celebración: la música, las risas y las conversaciones de una fiesta de la que yo ya no formaba parte.
Entonces Lilith habló.
—Si te vas, yo iré contigo.
Levanté la mirada de inmediato.
—No tienes que hacer eso…
—Sí, tengo que hacerlo.
Su voz fue firme, sin dejar espacio para discusión.
—Soy tu madre, Ella. Lo único que he querido durante todos estos años es poder estar cerca de ti, poder ser realmente tu madre después de haberte observado desde la distancia. Si tú te vas, yo también me iré.

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