Solo escuchar el nombre de Alexander hizo que algo dentro de mí se hundiera.
No quería pensar en esa posibilidad. No quería creer que él pudiera estar detrás de aquello.
Pero la duda ya estaba ahí. ¿De verdad había sido capaz de incendiar la casa de mi familia después de que le había pedido expresamente que no la destruyera?
¿Ese contrato falso había sido suficiente para despertar una rabia tan oscura en él?
No. No podía imaginar al Alexander que conocía haciendo algo así. El hombre que me había protegido, el hombre que había amado…
No quería creer que fuera capaz de algo tan cruel. Pero después de todo lo que había ocurrido, tampoco podía ignorar la posibilidad. Y Lilith tenía razón. Si Alexander descubría que había escapado y que estaba allí, sus sospechas sobre mí solo crecerían.
Y si él realmente tenía algo que ver con el incendio…
Entonces venir hasta aquí había sido una terrible decisión. No solo estaba poniendo mi vida en peligro. También estaba arriesgando la de mi bebé.
—Yo iré —dijo Lilith finalmente.
Me tomó con cuidado del brazo y me llevó de vuelta hacia la parte más oscura del bosque, donde nadie pudiera vernos.
—Voy a investigar un poco y preguntarle a alguien qué pasó. Quédate aquí. Volveré enseguida.
Asentí en silencio.
Lilith apretó mi mano una última vez antes de alejarse hacia los restos de la mansión.
La observé sin apartar la mirada.
Tuve que apoyar una mano contra el tronco de un árbol para mantenerme de pie, porque sentía que mis piernas ya no tenían fuerzas.
Las lágrimas me nublaban la vista, pero aun así pude verla acercarse a uno de los bomberos y decirle algo.
El hombre negó lentamente con la cabeza.
Lilith se quedó quieta por un momento.
Intercambiaron unas palabras más y luego regresó hacia mí.
No necesitaba que me dijera nada.
Lo supe en cuanto vi su rostro.
—No lo digas… —susurré entre sollozos mientras apartaba la mirada—. No quiero escucharlo.
Lilith no respondió.
Simplemente me abrazó.
Y en ese momento, ya no pude seguir fingiendo que estaba bien.
Intenté contener las lágrimas.
De verdad lo intenté. Pero no pude. Una cayó. Luego otra. Y pronto estaba llorando contra su hombro, aferrándome a ella mientras su camisa se empapaba con mis lágrimas.
Lilith no me soltó. Solo me sostuvo en silencio, acariciándome la espalda una y otra vez, intentando calmarme.
—Era lo único que me quedaba de ella… —dije entre sollozos—. Lo único que quería conservar de esa casa.
Mi voz se quebró.
—Y ahora…
No pude terminar la frase.
Otro sollozo escapó de mí y sentí cómo todo mi cuerpo empezaba a rendirse.

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