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La Ultima Oportunidad de la Luna Enferma romance Capítulo 212

Perspectiva de Ella

—Buscaba música —respondí de inmediato.

Alexander parpadeó, como si esa respuesta fuera lo último que esperaba escuchar. Su agarre alrededor de mi muñeca se relajó un poco, aunque todavía no me soltó por completo.

—¿Música?

—Sí. Quería saber qué tipo de música te gusta. —Sentí cómo el calor me subía a las mejillas, completamente avergonzada—. Para esta noche. Por la luna llena. Quería… quería preparar algo especial, pero me di cuenta de que no tenía ni idea de qué escuchabas. Y me pareció absurdo preguntártelo porque… ¿qué clase de esposa no sabe algo tan básico sobre su propio marido?

Finalmente, Alexander soltó mi muñeca.

Se quedó frente a mí durante unos segundos, tan cerca que podía sentir su cálido aliento rozarme el rostro. Parecía estar procesando mis palabras. Después, bajó ligeramente la mirada y dio un paso atrás.

—Lo siento —dijo.

La disculpa me tomó por sorpresa.

—Pensé…

—Sé lo que pensaste. —Levanté la barbilla, obligándome a mantener la calma aunque por dentro me dolía más de lo que quería admitir. Que mi propio marido todavía dudara de mí en su despacho por culpa de las acciones de mi padre era una herida que no sabía cómo cerrar—. Pensaste que estaba espiándote.

La garganta de Alexander se movió al tragar. No hizo falta que respondiera; su silencio ya lo confirmaba.

Aparté la mirada y levanté el CD que tenía en la mano.

—Aquí está. Siento haber entrado en tu despacho sin permiso. Solo quería darte una sorpresa.

Alexander me observó durante un momento, pero no tomó el CD.

—Está bien. De hecho, ese es uno de mis favoritos.

Su voz era más suave que antes. Cuando volví a mirarlo, una pequeña sonrisa apenas visible se había formado en sus labios.

Y maldita sea, esa expresión seguía teniendo el poder de hacer que mi corazón se acelerara.

—Aunque me habría gustado que me preguntaras —continuó—. Pero una sorpresa también habría sido bonita.

Bajé la mirada hacia el disco que sostenía.

La sorpresa ya estaba arruinada.

Y lo peor era que no era culpa mía ni de Alexander. Era culpa de mi padre.

No me había dado cuenta de cuánto resentimiento había acumulado por toda aquella situación hasta ese momento. Hasta que ese pequeño incidente me recordó, de golpe, que Alexander todavía no podía confiar completamente en mí por algo que yo ni siquiera había hecho.

Alexander miró el CD en mis manos y luego caminó hacia la estantería.

Sacó varios discos más y me los tendió.

—Llévate estos también.

—No tienes que hacerlo…

No me dejó terminar. Simplemente colocó la pequeña pila de CD entre mis brazos.

—Me gusta escuchar cosas diferentes —dijo.

Miré los álbumes que ahora sostenía.

—Gracias.

Tomé aire y, después de dudar un segundo, pregunté:

—¿Estás libre esta noche?

Alexander asintió.

—Bien. Entonces espérame junto al viejo roble del bosque a las diez.

No le di oportunidad de responder.

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