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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 680

Esmeralda caminó a zancadas hacia la recepción.

Se quitó los lentes de sol y dijo:

—Hola, busco a David.

La recepcionista la reconoció de inmediato. Naturalmente, todo el personal ya había visto el anuncio oficial de la compañía, así que no se atrevió a perder ni un segundo.

—Señora, por aquí, por favor.

Al escuchar que la llamaba «señora», la mirada de Esmeralda se ensombreció, pero no dijo nada.

La empleada se apresuró a usar su tarjeta para desbloquearle el elevador privado del presidente.

Esmeralda entró sin decir una sola palabra.

La recepcionista se quedó parada en actitud respetuosa hasta que las puertas del elevador se cerraron.

En la oficina de presidencia.

David estaba hablando por teléfono con Enzo.

—David, hiciste pública tu relación con Esme... ¿Acaso lo platicaste con ella? ¿Respetaste su opinión? —reclamó Enzo con un tono bastante duro.

Sin embargo, la voz de David sonaba inusualmente tranquila.

—¿Había alguna otra solución mejor? Aunque hubiéramos aplastado los rumores por la fuerza, eso no habría reparado el daño a su reputación de forma efectiva.

Enzo apretó su celular.

—¿De verdad te importa la reputación de Esme, o lo hiciste por puro egoísmo?

David guardó silencio por un momento.

—¡Entonces tómalo como puro egoísmo! —respondió al fin.

Al otro lado de la línea, se hizo un profundo silencio.

En ese momento, sonó el teléfono de la línea interna de la oficina.

—Hablamos cuando regreses a San Pedro —le dijo David a Enzo.

Colgó la llamada.

Y contestó la extensión de su oficina.

—Señor Montes, la señorita Evelynn está aquí y quiere verlo.

Esmeralda apoyó ambas manos en los hombros de él, empujando con todas sus fuerzas para romper la cercanía, y le soltó entre dientes:

—David, ¿qué chingados pretendes hacer?

La voz profunda del hombre resonó suavemente sobre ella:

—Es cierto, debí avisarte con anticipación.

Esmeralda levantó la mirada hacia él. Esos ojos, oscuros como la noche, parecían un remolino a punto de devorarla.

—¿Y tú te crees tus propias palabras?

—Me pareció la mejor forma de calmar a los medios. Así también te aseguro que, a partir de ahora, no me involucraré con ninguna otra mujer. Además, no firmé ningún acuerdo prenupcial antes de casarnos. Así que, desde este preciso momento, nuestros intereses están unidos.

En su momento, antes de firmar el acta, la razón por la que no exigió separación de bienes fue porque, incluso si se divorciaban, él tenía cien maneras diferentes de dejar a Esmeralda en la calle. No había sido necesario.

Pero ahora, gracias a esa misma acta de matrimonio, podía amarrarla a su propia red de intereses.

Con su relación a la vista de todos, para el mundo exterior, ahora eran un solo frente.

Esmeralda apoyó las manos contra el pecho del hombre y cerró los puños, estrujándole la camisa hasta arrugarla. No apartó la mirada.

—David, a mí me vale madre con quién te acuestes, no te creas tan importante. Si no quieres divorciarte de mí, pero tampoco te tomas la molestia de respetarme... ¿De verdad crees que voy a poder seguir viviendo contigo?

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