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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 1053

—¿Y qué le dijiste? —le preguntó Esmeralda a la niña.

Isa se cruzó de bracitos y resopló.

—Le dije que él no me gusta y le advertí que no volviera a tocarme la mano, porque si no le iba a pegar. Y se puso a llorar.

Esmeralda no pudo evitar sonreír; para ser una niña de su edad, la faceta mandona de Isa era bastante intimidante, la mayoría de los niños le tenían cierto respeto, así que el solo hecho de haberse atrevido a confesarle sus sentimientos ya lo hacía un niño muy valiente.

—Puedes hablar con él, pero no debes golpear a nadie, ¿entendido?

—Lo sé, no le pegué, solo le advertí.

Ese estilo tan imponente era idéntico al de David; seguramente nadie podría pisotearla en el futuro, lo cual en el fondo no estaba nada mal.

—¿Y cómo se llama el niño, Isa? —preguntó David de repente.

Antes de que la niña pudiera responder, Esmeralda intervino.

—Si ella puede resolverlo por sí misma y no le afecta, mejor no te metas. Solo son niños pequeños, mientras él haya entendido el mensaje, es suficiente.

Esmeralda notó algo raro en el tono de David, y al ver su expresión, sospechó que en su mente ya estaba tramando cómo hacer que cambiaran de escuela al pobre niño.

David levantó la vista hacia ella.

—Solo lo pregunté por curiosidad.

Esmeralda lo miró de reojo, pero no dijo nada más.

Llegaron a un restaurante francés.

Alguien se acercó a saludar a David, y como se quedaron conversando, Esmeralda decidió adelantarse con Isa hacia su mesa.

La niña se inclinó y le susurró a su madre:

—Mamá, ¿cuándo se lo vas a dar a papá?

Esmeralda suspiró con resignación.

—Mamá se lo dará a papá, no comas ansias.

Isa asintió obediente.

—Está bien.

—¿De qué están hablando? —se escuchó la voz de David acercándose.

Isa miró a su padre y sonrió de oreja a oreja.

—De un secreto.

Él entrecerró los ojos hacia ella; Esmeralda levantó con calma su vaso de agua con limón y le dio un sorbo. Finalmente, David desvió la mirada y ordenó un par de platillos.

Por suerte, durante toda la cena, ella no tuvo ninguna molestia por el embarazo.

Después de la cena.

David dejó a Esmeralda y a Isa en casa de la familia de la Garza, ya que tenía otros compromisos esa noche.

Durante los siguientes dos días.

Fue David quien tomó la iniciativa de contactarla, aunque solo para preguntar por la escuela y la vida diaria de Isa; conversaciones breves de pocas oraciones, sin ningún otro tema de fondo.

David sostenía su celular, observando el último mensaje de respuesta cortante que ella le había enviado para cerrar la conversación. Ella seguía siendo la misma de siempre, no parecía tener la mínima intención de entregarle ningún regalo.

Se quedó mirando la pantalla del celular por un largo rato.

Después de unos minutos, con el rostro ensombrecido, lanzó el teléfono a un lado.

Jaime llamó a la puerta y entró; al percibir que algo andaba mal con el señor Montes, un escalofrío de aprensión le recorrió la espalda.

Últimamente, el humor del señor Montes era demasiado volátil e impredecible; era mucho más estresante que su habitual severidad imperturbable.

Por su parte, Esmeralda no había encontrado la forma adecuada de entregarle el amuleto. El mayor problema era que Isa seguía pendiente del asunto, y si no se lo daba pronto, la niña volvería a insistir. Por un momento, no supo qué hacer.

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