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La Traición en Vísperas de la Boda romance Capítulo 1423

—Víctor, ya vámonos.

Él asintió, volteó a ver a Federico y a Franco, y se despidió.

—Jimena y yo nos retiramos. No los interrumpimos más, señor Núñez, señor Ruiz. Sigan checando las pujas y ojalá se lleven algo que valga la pena.

Tras soltar eso, Víctor y Jimena caminaron directo al elevador.

Franco quiso ir detrás de ellos, pero la mirada helada que le lanzó Jimena lo clavó al piso.

Se quedó tieso.

Federico, sin moverse de su lugar, vio cómo se cerraban las puertas del ascensor.

Una vez que el elevador bajó al primer piso, Federico se dio la vuelta de golpe y le reventó un puñetazo en la cara a Franco.

Franco no se quedó atrás y le devolvió el golpe.

La pelea se armó a puño limpio en el pasillo.

Al ver el pleito, Moisés trató de meterse a ayudar, pero Santiago lo agarró del brazo.

—Moisés, son broncas personales entre Federico y el señor Ruiz. Están mano a mano, no te metas a echar montón, no seas cabrón.

Moisés se encendió de rabia, se zafó del agarre y le acomodó un trancazo en la cara a Santiago.

—¡No me digas qué hacer, pendejo...!

Moisés soltaba madres por la boca y soltó una ráfaga de golpes sin darle a Santiago ni tiempo de respirar.

Regina jadeó aterrada al ver a Santiago en el piso.

—¡Moisés, estás loco!

Moisés nunca fue de los que razonaban, a él solo le importaba defender a los suyos. Al ver que Regina trataba de limpiarle la sangre a Santiago, le tocó insultarla a ella también.

La insultó con tantas ganas que Regina se puso blanca del susto.

—¡Si no fueras vieja, a ti también te rompo la madre!

Tras escupir esa amenaza, Moisés corrió hacia donde estaba Franco y le soltó una patada en seco.

El escándalo resonó hasta la planta baja.

Poco tardaron los de seguridad en salir corriendo escaleras arriba para separar el alboroto.

Víctor, al escuchar los gritos, detuvo sus pasos y volteó a ver a Jimena.

Ella dejó escapar una sonrisa tranquila y siguió caminando hacia la salida.

Jimena ya había hecho una reservación en un restaurante y aprovechó para transferirle el dinero a Víctor desde el celular.

Cuando a él le llegó la notificación del banco, levantó la vista hacia Jimena.

—¿Por qué me lo depositaste de todos modos?

—¿No te había dicho que esto era mi regalo para ti?

Con una sonrisa ligera, Jimena respondió en un tono muy suave:

—Me has ayudado muchísimo a lo largo de los años.

—Esa cuenta no tenías por qué pagarla tú. Me daría mucha mortificación quedarme con un regalo tan caro. Lo que quiero es recuperar las piezas de la colección familiar por mí misma, una por una.

Víctor soltó un largo suspiro.

—Nunca quieres deberme un solo favor, ¿verdad?

—En todos estos años, si te ayudo con una cosa, me devuelves el doble. Hasta pena me da, de verdad.

—Jimena, confía en mí, entre nosotros no hace falta tanta formalidad.

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