—Está bien, señor Dionisio.
Colgó el teléfono.
Dionisio Olivares sentía el corazón en la garganta, con una presión en el pecho tan intensa que parecía que el aire en la sala se había vuelto denso.
Sabía bien que en el pasado, Daniela había cometido muchas cosas ilegales.
Cualquiera de esos pecados, si salían a la luz, bastaría para hundirla en la cárcel el resto de su vida.
Había hecho todo lo posible, usando contactos y favores, para limpiar su camino y sacarla de problemas.
Pero…
Si alguien se empeñaba en seguir escarbando y no soltar el asunto…
La cosa se ponía fea.
Y si detrás de todo esto estaba Aarón Tobar moviendo los hilos, entonces la situación era todavía más complicada.
No tardó mucho.
El equipo de abogados llegó a toda prisa.
Para ese momento, la gente del departamento de investigaciones ya había acordonado la entrada al área de cuidados intensivos.
—Recibimos información confiable. Daniela está implicada en lavado de dinero y en un caso criminal con víctimas mortales.
—Hace nueve años, en la masacre de la Mansión Opulencia 801, ella fue señalada como una de las principales sospechosas.
Uno de los abogados se adelantó:
—La señora Daniela se encuentra en cuidados intensivos, luchando por su vida. No está en condiciones de ser interrogada.
Los del departamento de investigaciones venían preparados.
El jefe sacudió el expediente que traía en la mano. La fotografía de la portada mostraba la escena del crimen de hace nueve años, con los bordes tan gastados que ya se veía deshilachada.
—Tenemos suficientes pruebas para demostrar que Daniela ordenó a la empleada infiltrarse en la casa de la familia 801. Y al día siguiente de la tragedia, salió del país con un pasaporte falso.
De pronto, Dionisio sintió que la espalda se le tensaba y una ola de sudor frío empapó su camisa.
Hace más de una década.
Daniela había hecho cosas terribles para abrirle camino, eliminando cualquier obstáculo sin dudar.
Para mantenerlo a él limpio, jamás lo involucraba directamente.

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