Agosto.
El aire otoñal de Ciudad Draco ya se sentía en la piel, y en las montañas, el clima cambiaba mucho entre la mañana y la noche.
Tercera tumba principal.
Kiara estaba agachada al borde de la excavación, usando un cepillo de cerdas suaves para quitar cuidadosamente el polvo de un fragmento de cerámica.
El viento de la montaña arrastraba agujas de pino y le acariciaba el cabello, mientras gotas de sudor resbalaban por las puntas hasta caer en la tierra.
Llevaba la cara al natural, el cabello recogido de manera descuidada con un broche en forma de tiburón. Con lentes y cubrebocas, vestía un overol sencillo de trabajo. Nada que ver con la joven de sociedad que, hacía medio año, lucía vestidos de diseñador.
—¡Kiara, ven a ver esto! —gritó Felipe, el jefe del equipo, no muy lejos, levantando una copa de oro Chimú aún cubierta de lodo.
Kiara dejó sus herramientas, bajó la pendiente de piedras con pasos rápidos.
Su pantalón de lona ya mostraba hilachos en las rodillas y las botas de montaña estaban llenas de barro, pero sus ojos brillaban con más fuerza que nunca.
—¿Es del periodo clásico maya, de los primeros años? Mira el grabado de la bestia, qué líneas tan limpias.
Felipe soltó una carcajada.
—Solo tú puedes ver el diseño a través de todo ese barro. Cuando dijiste que querías venirte con el equipo a las montañas, pensé que lo hacías por vivir la experiencia. Jamás creí que aguantarías tanto.
Iván Pino, a un lado, la miraba con admiración.
—Sí, la neta, si no fuera por Kiara, no estaríamos avanzando tan bien con la excavación.
—¿Qué esperabas? —añadió otro—. Es la única discípula que el profesor Barrera ha aceptado personalmente.
Medio año atrás.
Kiara, después de asegurarse que su abuelo estuviera bien y de resolver todos los pendientes de Ciudad Brumosa, decidió sin mirar atrás unirse al equipo nacional de arqueología y convertirse en la discípula directa del profesor Barrera.
Cortó de tajo todos sus lazos del pasado, dedicándose por completo al mundo de la arqueología.
Ser arqueóloga profesional era su meta, lo que más le apasionaba.
Por supuesto, con la fortuna que tenía, no necesitaba trabajar jamás. Podría vivir durante cientos de vidas con lo que poseía. Y aun así, eligió perseguir su sueño.
—Con cuidado, déjame ayudarte.
Kiara se agachó y comenzó a limpiar la tierra alrededor de la pieza.

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