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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 93

El calor de su mano y el suave perfume que emanaba de ella hicieron que Nuno apretara los labios por instinto.

—¡Ay! —exclamó Mila de repente.

—¿Qué pasa? —Nuno la miró de reojo, confundido.

—Don Nuno, ¿cómo vamos a ver al abuelo con las manos vacías? —Mila lucía genuinamente preocupada—. No, no, tengo que ir a comprar algo. Un buen vino, postres... algo para demostrarle mi cariño.

Nuno se frotó el puente de la nariz, perdiendo la paciencia.

—Esta es nuestra casa. Tu casa. ¿Entiendes?

Los ojos de Mila brillaron con astucia y esbozó una sonrisa a medias.

—Tienes razón. Si estamos en familia, no hay por qué guardar tantas apariencias.

Nuno la miró fijamente, con los ojos clavados en los de ella.

—Prefiero a la mujer cínica y descarada de hace un rato. Esta versión tuya es demasiado contenida.

Mila se quedó helada.

El comentario de Nuno fue como un balde de agua fría. Era cierto, estaba actuando extraño.

Normalmente, frente a quien fuera, ella era dueña de la situación, haciendo lo que le venía en gana. ¿Por qué ahora sentía la necesidad de ser cuidadosa?

Tal vez... de verdad se estaba creyendo su papel como 'la esposa de Nuno Páez'. Peor aún, quizá su subconsciente estaba disfrutando de ese lazo afectivo que simulaban tener.

Esa sensación de hogar era algo que jamás experimentó en el Penal 01, ni mucho menos en la fría y hostil mansión de los Quiroz.

Mila soltó una risa ligera y sus ojos se curvearon con diversión.

—¿Qué pasa? ¿Ahora que intento ser la esposa perfecta no te gusta?

Nuno forzó una sonrisa rígida.

—Ajá. Pues actúa bien. No dejes que el abuelo descubra la farsa.

—¡A la orden! —Mila se aferró al brazo de Nuno, apoyándose contra él con total naturalidad.

El hombre frunció el ceño e intentó zafarse sutilmente, pero terminó rindiéndose y dejó que ella lo abrazara.

Ding dong.

Tocaron el timbre.

—¡Ya voy! —se escuchó la voz potente del anciano desde el interior.

La puerta se abrió, revelando el rostro bondadoso y sonriente de Don Pedro Páez.

—Abuelo Pedro, ¡qué gusto verlo! —Mila lo saludó con una sonrisa dulce y luminosa.

—Milita, preciosa, pasa, pasa —Don Pedro la tomó de la mano con cariño y la invitó a entrar.

Mila analizó el lugar rápidamente. El penthouse tenía un diseño minimalista, con tonos oscuros y fríos. No había ni un solo adorno de sobra; todo gritaba soledad y distancia.

Lo único que rompía esa frialdad era el comedor. Había un festín espectacular servido en la mesa. El vapor de la comida caliente y los aromas deliciosos despertaban el apetito de cualquiera.

Esta mujer lo estaba haciendo a propósito.

Al ver la sonrisa maliciosa de Mila, Nuno apretó la mandíbula.

—Ay, muchacho, no sirves para nada. Milita está muy delgada, necesita comer carne para tener curvas hermosas —Don Pedro miró a su nieto con decepción, tomó un gran trozo de carne asada y lo puso en el plato de la chica.

—Gracias, Abuelo Pedro.

El anciano la miró con profunda ternura.

—Hace un momento preguntaste por qué nuestras familias acordaron el matrimonio, ¿verdad?

Mila asintió, prestando toda su atención.

—La verdad es que hace años, la familia Páez no era el gigante que es hoy. De hecho, estuvimos al borde de la quiebra absoluta. En cambio, bajo el mando de tu abuelo, los Quiroz eran intocables. Eran la familia número uno de la ciudad.

—Tu abuelo y yo éramos hermanos de sangre. Cuando los Páez estábamos a punto de desaparecer, él nos tendió la mano. Si no fuera por él, nosotros no existiríamos.

—Para unir nuestras sangres en agradecimiento, acordamos este matrimonio.

Mila se quedó atónita. ¿Los Quiroz alguna vez fueron tan poderosos? Pero ahora...

—Abuelo Pedro, si mi abuelo era tan grande, ¿cómo es que la familia cayó en desgracia tan rápido en solo una generación? —preguntó, sacando a la luz la gran duda que la carcomía.

Don Pedro tomó un sorbo de sopa. Guardó silencio unos segundos y dejó escapar un suspiro pesado.

—Son asuntos internos en los que no debería meterme, pero ya que estamos en confianza, te lo contaré.

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