—¡¡¡Aaaah!!!
¡Lucía enloqueció por completo!
Con ambas mejillas hinchadas y el cabello hecho un desastre, ya no quedaba rastro de la niña buena de sociedad. Empezó a gritar, agarrándose la cara mientras las lágrimas y los mocos se le escurrían.
—¡Maldita! ¡Eres una presidiaria asquerosa! ¡¿Quién te crees para pegarme?! ¡Mi familia no te lo va a perdonar!
Sus gritos venenosos cortaron el aire.
Pero Mila ni siquiera se molestó en mirar su patética escena. Era como si acabara de sacudirse una basurita molesta del zapato.
Se cruzó de brazos, adoptando una postura relajada pero llena de superioridad. Sus ojos fríos escanearon el salón, buscando como un radar a los miembros de la familia Leyva entre los invitados.
—Los de la familia Leyva... —habló por fin. No alzó la voz, pero su tono fue tan claro y firme que congelaba hasta los huesos— ¿Están todos muertos?
Su voz cristalina no tenía alteraciones, pero cada palabra fue como una estaca al corazón.
—¿Acaso quieren que yo haga el trabajo de educar a los suyos? O tal vez... —bajó la mirada hacia la humillada Lucía, y una sonrisa tétrica y desprovista de emoción curvó sus labios— prefieren quedarse mirando cómo esta 'niña bien', que en el fondo no es más que una idiota...
Bajó el tono, y su voz sonó como metal rayando cristal:
—¿Le arranca la poca dignidad que le queda a la familia Leyva frente a todo el mundo con su ignorancia y malicia?
—¡¡¡Señorita Quiroz!!! —Roberto Leyva, el padre de Lucía, salió disparado de entre la multitud, casi tropezando, con la cara lívida por el coraje.
Intentó mantener la compostura, pero su voz temblaba de furia y de un miedo que intentaba ocultar.
—¡Nosotros trajimos un regalo de buena fe! ¡¿Y usted responde agarrando a golpes a mi hija?! ¡La familia Quiroz tiene que darnos una explicación! ¡Y más les vale que sea una muy buena!
Con el dedo tembloroso, señaló a Mila, casi escupiendo las palabras.
—¿Una explicación? —Mila soltó una risa seca, como si acabara de escuchar un chiste estúpido.
Levantó la vista y sus ojos, filosos como un cuchillo recién forjado, se clavaron en cada uno de los invitados, llenos de un desdén absoluto.
—Me imagino que a estas alturas todos ustedes ya saben que estuve en la cárcel —dijo en voz alta, sin una pizca de vergüenza, como si estuviera comentando que iba a llover.
¡Esa actitud tan descarada le cerró la boca a todos los chismosos!
Inmediatamente cambió el tono. Una fuerza abrumadora emanó de ella, como si estuviera reclamando su trono.
—¡Me escupieron en la cara a mí, Mila Quiroz! —sus palabras, cortantes como navajas, destrozaron la máscara de hipocresía de los Leyva.
Su tono adoptó un filo brutal.
—¡Y no solo eso! ¡Le dieron una bofetada al legado de los Quiroz! ¡Pisotearon el honor de toda mi familia!
¡Nadie se atrevía a respirar! ¡El pánico se apoderó de todos! ¡Roberto Leyva se puso pálido como el papel; le temblaban los labios, pero no pudo articular ni una sola palabra para defenderse!
Mila dio un paso al frente. El aura amenazante obligó a Lucía a retroceder, ¡temblando como una hoja!
¡La mujer que hace unos segundos gritaba como loca, ahora solo tenía los ojos llenos de puro terror!
La mirada de Mila, fría como el hielo, se hundió en lo más profundo del alma de Lucía.
—Sí, estuve en la cárcel. ¿Y qué? —su voz sonaba ligera, pero era más fría que el invierno mismo—. Mi pasado no es asunto tuyo, y menos de una payasa como tú.
Se inclinó un poco. Sus oscuros ojos atraparon las pupilas dilatadas de Lucía, emanando un aura violenta y asesina, propia de alguien que sobrevivió al infierno.
—¿Quién diablos te crees para venir a darme lecciones?

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